Prendas para bebés que responden a demandas de una nueva vida más natural

Canica según Fernanda Madeira

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Silvana Sastre y Fernanda Madeira son las responsables de Canica, un emprendimiento de ropa e indumentaria para bebés confeccionadas en materias primas nobles (algodón orgánico certificado y lana merino). Las prendas son diseñadas y elaboradas en Uruguay, y estampadas con tintas naturales.

Entre tanta oferta de ropa para niños pequeños, Canica se diferencia por la simpleza, una paleta armónica y original, y un envoltorio acorde. La marca llama la atención y la ropa, pequeña y delicada, invita a tocar. Detrás de Canica hay dos mujeres jóvenes con grandes sueños y muchísimas horas de trabajo. Ya tienen vasto camino recorrido, aunque les falta mucho, pues quieren conquistar grandes mercados. Dicen que pueden hacerlo, fundamentalmente porque los productos Canica responden a demandas de una nueva vida y porque están hechos con amor.

La idea de elaborar prendas ecoamigables vive con Fernanda desde hace muchos años. Intentó llevar adelante el emprendimiento, pero no “se dio”. Justo cuando estaba a punto de abandonar el proyecto porque “que ya no daba para más”, Silvana se ofreció a darle una mano. Fernanda y Silvana son compañeras de trabajo, trabajan juntas en la agencia Grupo Perfil y luego de ese ofrecimiento se volvieron socias porque “la mano pasó a ser la otra mitad del emprendimiento”.

“Nos equivocamos, pero no fallamos, sino que aprendemos”

Silvana es licenciada en comunicación y Fernanda diseñadora de modas. Los talentos de ambas se conjugan en una marca con una estética muy cuidada. En las redes sociales muestran un emprendimiento atractivo y con unas fotos muy limpias que ―aunque no lo parezcan― están tomadas en un set que arman en la casa de Fernanda. Porque se las ingenian, arremeten, prueban y aprenden: “nos equivocamos, pero no fallamos, sino que aprendemos”, dice Fernanda.

Comenzaron con 50 prendas en el verano de 2014 y en la actualidad producen más de 500. Su modelo de negocios se basa en la venta a través de las redes sociales y en locales de terceros. “Creamos una muy buena dupla para trabajar, tanto que hoy Canica ya es una empresa. Nosotras dos estamos al frente con distintas responsabilidades, nuestros novios (Maxi y Nicolás) nos ayudan también, está Gustavo que es el cortador, Mariela y Daniel ponen los avíos de las prendas, Florencia las estampa y Rosana las cose. Además, estamos sumando a Mireya en la confección porque Canica crece. Somos un gran equipo con una cadena de producción fuerte”, asevera Fernanda con una sonrisa que demuestra el orgullo de materializar un sueño.

Desde el inicio decidieron no encargarse de la producción, porque no tenían tiempo para una faena tan demandante y porque Fernanda, quien conoce del tema, prefiere dedicarse a cuestiones más creativas. “A mí me gusta dibujar, volar y mirar. Miro prendas que se usan en Europa y pienso cómo instrumentarlas acá en Uruguay. Reinterpreto los colores, por ejemplo. El negro, para bebés, no es común aquí, aunque por suerte, estamos saliendo tímidamente del cascarón del rosado y del celeste. El gris, muy nórdico, prende y lo hemos trabajado. Me gustaría trabajarlo más, incluso”.

Canica ofrece líneas básicas sin estampa que solamente tienen su logo en la grifa y las colecciones cápsula. La colección de este invierno estuvo inspirada en flores y en la galaxia, mientras que el año pasado el motivo principal fue el bosque con animales que ya forman parte del “cuerpo estable de amigos” de Canica. En 2016 la colección fue unisex y los animales tuvieron la misma paleta de colores, pero este año las prendas están segmentadas: las flores para las niñas y la galaxia para los varones. Ambas estrategias han funcionado y los clientes de Canica han respondido a las propuestas de las emprendedoras. Florencia no demuestra preferencia por ninguno de los dos estilos, aunque confiesa que uno de sus propósitos es debilitar la dicotomía e imposición del rosado-celeste.

 

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Trabajan por temporada, definen las producciones y apuestan fuertemente al exterior. “Usaremos la lana, en ese caso, porque es la carta de presentación de Uruguay. Trabajamos con Ruralanas que es una empresa con valores similares a los nuestros. Hay mercados en los que la lana va primero que el algodón y en otros no. En la tienda que vamos a abrir en Etsy, usaremos algodón, lana y lino que próximamente integraremos”.

El lino es parte de la apuesta para la próxima colección primavera-verano que todavía está en la cabeza de Fernanda y que pronto bajará al papel. “Puedo adelantar que incorporará lino y nueva moldería. Habrá bodies de lino lisos y otros con estampas de Tiro al Aire, como siempre. Seguiremos con el algodón orgánico, hilados de algodón y lana merino que es termorreguladora y que se usará cada vez más en Uruguay durante casi todo el año”.

Las materias primas son el corazón del emprendimiento, por eso Fernanda viajó a Perú para conocer de cerca el algodón orgánico con la que trabajan. Además, buscan proveedores todo el tiempo, son asiduas a Internet y manejan “de taquito” las estrategias de búsqueda de Google. “Estamos en todo el proceso, buscamos precios afuera, tuvimos que aprender de importación, conocemos de diseño y fuimos vinculándonos con todas las variables de la producción”.

Dice Fernanda que emprender en Uruguay es difícil y que demanda tiempo y esfuerzo en grandes cantidades. Insiste en que en Latinoamérica los emprendedores deben manejar muy bien la frustración para no paralizarse y entender que la desilusión implica experiencia y aprendizaje. “El Estado debería apoyar mucho más a los emprendedores, como en Finlandia, por ejemplo. Los dos primeros años te financian los impuestos y luego los devolvés en cinco años. Eso es fantástico porque la cabeza de los emprendedores ayuda en todo sentido, aquí en Uruguay hay que trabajar la cultura del emprendimiento”.

“Volver a lo de antes, abandonar el úselo y tírelo, cuidar la piel, cuidar la alimentación…”

Para Canica, emprender ha implicado abordajes específicos vinculados a los productos que ofrece la marca. Por ello, Fernanda y Silvana han trabajado en el consumo de materias orgánicas porque es como “volver a lo de antes, abandonar el úselo y tírelo, cuidar la piel, cuidar la alimentación. Es un desafío a largo plazo y en Uruguay pasará lo mismo que en otros países en los que la gente elige lo que consume con mucho cuidado”.

Su experiencia como emprendedoras ha significado, además, manejar los flujos de adrenalina que oscilan del supéravit al abatimiento. También deben combinar todas las obligaciones porque, por ahora, Silvana continúa trabajando en la agencia de publicidad a tiempo completo. Fernanda, por su parte, desde principios de este año trabaja cuatro horas en la agencia, así que ahora Canica cuenta con más horas de una de las socias.

Los sueños y los proyectos de Canica “son enormes… Internacionalizarnos es uno de los más grande y está cerca”, dice Fernanda. “Cierro los ojos y veo a Canica en Europa, por ejemplo. Nuestros productos pueden competir porque son productos que tienen amor y los mejoramos todo el tiempo. Paulatinamente incorporaremos trabajos de responsabilidad social porque están en nuestras metas. Queremos educar sobre el emprendedurismo y sobre el consumo ecológico, por ejemplo. Y queremos vivir de Canica. Sé que ambas lo haremos”.

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Puntos de venta en redes sociales: Facebook, Instagram, Pinterest

Puntos de venta en locales. Montevideo: Artesanos del Uruguay, Peekaboo Uruguay, EcoAlmacén y Entre Aurelias y Aurelianas. Punta del Este, Manantiales: La Casita.

 

 

 

“Soy el cadete, el que hace las compras, el que diseña y cose. Soy el área creativa, la producción y distribución…”

Entrevista a María Pía Vargas, Remolacha Diseño

Remolacha Diseño es una marca de productos textiles utilitarios, hechos a mano, con una estética muy cuidada en la que se destacan los colores y el capitoneado. La esencia del emprendimiento está en la cabeza, las manos y el espíritu innovador de María Pía Vargas (29), diseñadora industrial y apasionada de la máquina de coser —que maneja intuitivamente desde niña—. Ella estudió en el Centro de Diseño y cuenta que, de la experiencia de un padre artesano, valoró el trabajo desde el hogar; lo tuvo presente al momento de elegir una carrera primero y volcarse a un emprendimiento después.

Entre cafés, preguntas, respuestas y anécdotas, María Pía definió conceptos de Remolacha y narró metros de experiencia acumulada, porque es todo en el emprendimiento: quien diseña, produce, vende, entrega y hace las cuentas. Ella es una mujer elocuente y desinhibida, que cuenta y describe con pasión. Mezcla temas como si estuviera combinando colores y circunscribe historias como si se tratara del bies de una pieza. También anuda y cierra  anécdotas y aprendizajes porque asegura que “en la vida de un emprendimiento siempre aprendés, también cuando te va mal”.

Me copé con el capitoneado que ahora es la marca registrada de Remolacha

Remolacha nació hace cinco años cuando María Pía estaba preparando el último trabajo de la carrera de Diseño Industrial. “Con una tela que me encantaba me hice una billetera y me copé con el capitoneado que ahora es la marca registrada de Remolacha. Es tan fuerte el concepto que siento que debe de estar presente en todos los productos. Es la seña de identidad, también la combinación de telas y el uso de los colores. Me juego con los colores, pero soy cuidadosa: dos estampados no van, tampoco mezclo cualquier tono. Cada producto tiene una combinación pensada y especial”.

Esa primera billetera fue muy elogiada, tanto que cosió otra que vendió inmediatamente. “Llegaron los pedidos, mi madre se copó y me empezó a ayudar. Elegí el nombre para la marca, que me rondaba de un trabajo de la carrera, y un amigo que diseñador gráfico lo resolvió muy bien: ¡dibujó Remolacha con toda la onda que tiene ahora!”.

Estoy atenta a las mejores y si son viables, las instrumento. A veces se me complica por los insumos, porque Uruguay es un mercado muy chico y no siempre consigo lo que quiero

La marca está orientada, principalmente, a mujeres en un rango etario muy amplio y también, cada vez más, a hombres que se interesan en implementos de diseño. María Pía se ha preocupado en profesionalizar sus productos estables: tres modelos de billeteras, una matera, un bolso, monederos y llaveros, cartucheras y contenedores. “Los clientes piden cambios y yo, además, pregunto a mis amigas. Testeo todo el tiempo. No tomo mate, así que la matera se la regalé a mi hermana y le pedí que sugiriera cambios. Estoy atenta a las mejores y si son viables, las instrumento. A veces se me complica por los insumos, porque Uruguay es un mercado muy chico y no siempre consigo lo que quiero”.

Además de buscar telas originales, algo que según repite María Pía es un tanto difícil, procura reciclar. Aclara que busca ropa en buen estado y las reutiliza porque es un valor asociado a la marca Remolacha. Si el tejido está en condiciones, intenta aprovechar todos los recursos. “Hay veces que se complica porque ciertas telas no son para determinados productos. Tengo que pensar en si lleva broches, las costuras, el bies, si se rasgará con facilidad, etc. Yo reciclo en mi casa, así que si puedo, reciclo en Remolacha porque ¡Remolacha es como yo, pero en marca!”.

Remolacha tiene cuenta en Facebook e Instagram y los productos se compran en Mandolín, Tristán, Mi otra yo, La Vitrina y La Esmeralda Santa Lucía. En breve, estará en Rocha y en San José. La gestión de las redes sociales la hace María Pía, porque “yo soy todo en Remolacha. Soy el cadete, el que hace las compras, el que diseña y cose. Soy el área creativa, la producción y distribución, ¡y el límite de crecimiento de Remolacha, también!”.

El tema con la costura es que soy muy detallista, quiero que todos los productos queden excelentes e iguales. Es un trabajo artesanal, pero con un código de calidad muy alto

A ese respecto, que caracteriza y limita el emprendimiento, comenta que ha estado pensando en delegar y sabe que la producción es un área crítica para el crecimiento de Remolacha. “Si logro ampliar la producción, sería genial, porque ahora tengo un stock limitado. El tema con la costura es que soy muy detallista, quiero que todos los productos queden excelentes e iguales. Es un trabajo artesanal, pero con un código de calidad muy alto. La costura tiene que quedar muy bien. Manejo con mucho cuidado el uso de las telas, la combinación de colores y también los hilos. Siempre trabajo con dos colores diferentes, por ejemplo, y tengo que encontrar a alguien que haga todo eso como yo”.

Ser y hacer todo conlleva sus dificultades y las herramientas de apoyo son vitales para administrar el emprendimiento. María Pía explica que tiene una planilla electrónica para las cuentas y para el stock. De un curso para emprendedores aprendió varias cuestiones, pero también confiesa que “nos enseñaron pila de cosas que no se deben hacer, pero yo las hago igualmente. Por ejemplo, veo cuántos elásticos tengo y compro cuando quedan pocos. Se supone que debo planificar el stock y hacer compras grandes para bajar los costos, ¡pero no tengo lugar! Mi casa está invadida por Remolacha. También guardo todo lo que puedo: los restos de guata, de polifón, de lo que sea. Porque si no sirven para los productos de la marca, pueden servir para otra persona”.

Es el mismo orgullo que sentía cuando era chica y veía a alguien en la calle con un mate tallado por mi papá

Emprender es desafiante y también puede resultar abrumador. Según María Pía, encargarse de los números, la producción, ir, venir, coordinar, salir a comprar, publicar en las redes y terminar los pedidos es agotador. La contracara es cuando ve que sus productos gustan, cuando un cliente vuelve a comprar y en particular se ha sorprendido, en un comercio cualquiera, al ver una persona sacar dinero de una billetera de Remolacha. “Es el mismo orgullo que sentía cuando era chica y veía a alguien en la calle con un mate tallado por mi papá”, agrega con satisfacción.

En relación con el futuro de la marca, la diseñadora cuenta que tiene, entre manos, otra iniciativa textil e industrial y que pronto deberá tomar una decisión al respecto. “Estoy en una encrucijada. Si ese proyecto cuaja este año, me dedicaré a ello porque tiene potencial de diseño y crecimiento. De lo contrario, seguiré profundizando con Remolacha con más productos y una línea para niños, algo así como RemoKids”.

En la cuenta de Facebook de la marca, el 1º de mayo María Pía publicó: “El mundo se mueve gracias a la suma de los pequeños empujones de cada trabajador honesto” (Hellen Keller). En la frase se resumen valores que sustentan el paradigma de atreverse, animarse, ofrecer y aportar. Remolacha es uno de los ejemplos de emprender con honestidad y causa, responsabilidad y constancia; Remolacha es testimonio de un pequeño empujón que deja una impronta en la sociedad.

 

Atrapar y guardar la frescura de un momento

En el hogar de la fotógrafa Virginia Zabaleta Stirling (32) hay fotos colgadas por todas partes. Un hilo narrativo detalla momentos de la familia que conforman Virginia, Guillermo y sus dos pequeñas niñas, Emma y Clara. También hay imágenes del lugar donde Virginia se crió: el campo (Rincón de Francia, Young, Río Negro), la casa y su familia. Hay sonrisas, momentos y recuerdos cotidianos que se hilvanan en las paredes.

Virginia recuerda vagamente el inicio de su relación con la fotografía y la primera vez que tomó una imagen con una cámara. ”Tengo una foto en la que yo tendría unos 4 años. Estaba tirada en el piso con una cámara y una pelota, dos de mis principales intereses en aquel momento”.

En su familia nadie se dedicó a la fotografía profesionalmente ni tampoco como afición, a pesar de estar acostumbrados a los flashes. “Nadie en mi familia sacaba fotos, salvo como forma de retratar un viaje, un acontecimiento en particular o como forma de ilustrar el álbum familiar; teníamos una cámara compacta familiar, era de rollo pero automática. En casa nadie usaba una réflex ni cambiaba lentes”. Por la actividad ganadera y por vivir en una estancia emblemática del Uruguay, la familia estaba acostumbrada a los flashes: recibían delegaciones interesadas en conocer el lugar, fueron parte del repertorio de cascos retratados en dos libros (Antiguas Estancias del Uruguay, Historia y Producción de Irureta Goyena Ediciones y Estancias, arte y paisaje del Uruguay, de Madelón Rodríguez, editorial Manrique Zago) y en su infancia vio a la a la prensa tomar los registros para el remate anual de ganado de la cabaña del establecimiento. “Quizás [todo eso] influyó. Guardo una foto, que adoro, en la que estoy con mi abuelo en un remate. Él está acostado en el piso y yo sobre su espalda, “a caballito”. La tomó un fotógrafo de El País de forma totalmente espontánea mientras registraba los planteles a rematar y nos la envió de obsequio meses después”.

Estos hechos marcaron cierta impronta en Virginia, aunque ella explica que su interés está relacionado con el álbum familiar. “La fotografía es una forma de guardar recuerdos, momentos. Es la forma en la que conocí la infancia de mis hermanos. Yo soy la menor de seis, nací diez años después de mi hermana más chica y crecí muy sola. El álbum me hacía sentir parte de ellos, de su niñez”.

Cambiar de lente

Salí del liceo bastante perdida porque nunca tuve una vocación muy marcada. Me gustaban muchísimas cosas. Sabía que quería estudiar porque en casa nos motivaron a formarnos.

[Primero] me inscribí en Magisterio (en Paysandú), completé primero un año y después me mudé a Montevideo. Me inscribí en Comunicación, Licenciatura en Biología y Diseño Industrial. Seguía perdida y finalmente terminé en Comunicación en la Universidad Católica. En tercero, a la hora de elegir la opción, decidí hacer Organizacional. Periodismo era mi veta, pero opté profundizar en un ámbito que conocía poco para complementar mi formación y que podía darme más opciones laborales”.

A pesar de haber elegido la opción Comunicación Organizacional, la tesis de grado de Virginia fue sobre fotografía. Se sumó a un equipo que realizó una investigación histórica a partir de fotografías de principios del siglo XX en el marco rural. El tema era atractivo por sus vivencias de infancia en el campo y porque la fotografía siempre le resultó fascinante: “un combo difícil de superar por temas organizacionales”.

Encuadre y enfoque

De estudiante trabajó en una consultora de medios y luego de recibirse condujo dos revistas radiales en Maldonado (“Tarde en Vivo” en 1560 AM Radio Maldonado (2008) y “Al Fin Viernes” en FM 101.5 Radiocero en Punta del Este (2013 y 2014). También se dedicó al área organizacional en dos colegios privados de la zona. A la fotografía llegó de forma natural porque “siempre estaba con la cámara en la mano. Mi esposo, Guillermo, participa de un grupo de corredores y yo era quien tomaba las fotos. Creo que el primer trabajo surgió espontáneamente. La gente elogiaba las fotos y yo me sentía cómoda con la cámara. Así fue que di el paso inicial de mi carrera independiente, siempre con todo el apoyo de mi esposo que cree en mí y me estimula constantemente”.

En el rubro fotográfico, como en tantos otros de la vida laboral, la especialización implica una mejor performance. Para Virginia, por sus diferentes intereses, esto es muy difícil. “Me atrae y me encanta la variedad. Así que me muevo entre retratos, bodas, cumpleaños y real state. No he incursionado en fotografía de naturaleza, ya que en mi caso la asocio al ocio y a mis intereses más personales. Cuando voy al campo, a la casa donde crecí, tomo fotos para llevarme un pedacito de aquello al lugar donde vivo ahora”.

La formación continua es parte de la vida cotidiana de la fotógrafa. Se nutre de bibliografía especializada de origen internacional y sigue de cerca el trabajo de colegas porque considera que “en el Uruguay y en el mundo hay una nueva camada de fotógrafos que son excepcionales. Se ha evolucionado desde la fotografía dura, rígida y plana, del retrato clásico al fotorreportaje, que es la tendencia más actual, [en el que se trata de] contar una historia y mostrar los detalles significativos”. Dice que siempre está atenta a la innovación internacional en las áreas que su interés: el fotorreportaje de bodas, el retrato de familias y de recién nacidos. “Más allá de ver ejemplos concretos de determinados fotógrafos, me gusta investigar constantemente y conocer nuevos autores, analizar su mirada y entrenar el ojo en la búsqueda de una composición estéticamente bella que a su vez surja lo más espontáneamente posible”.

Entre diversos cursos y talleres, destaca un seminario de bodas con Fran Russo (fotógrafo español), un taller de Antropología Fotográfica en el CCE (Centro Cultural de España, Montevideo), otros de investigación y conservación de fotografías antiguas en el CdF (Centro de Fotografía, Montevideo) y la formación continua a través del portal Creative Live.  “Los hago porque me gustan, enriquecen mi trabajo y porque no quiero que me encasillen, no quiero que vean una foto y que digan que es de Virginia Zabaleta porque siempre hace lo mismo. Todo me ayuda a definir mi estilo, me nutro de distintas corrientes e incluso de distintas disciplinas, ya que creo que el arte de fotografiar se puede construir desde las más diversas inspiraciones”.

El estilo: planos, estética, tonos

Dice Virginia que no hay un plano en exclusiva que defina su estilo. “Me gusta ir al detalle que dice tanto, pero también me gusta tomar planos generales. Hay una foto que me caracteriza de alguna manera: llevo la cámara al piso y tomo la imagen con un lente de 20 mm, es un gran angular que realza toda la escena, en este caso tomada desde la perspectiva del piso. Rinde mucho en los cumpleaños y con los bebés que están aprendiendo a caminar. Muestro la pisada y generalmente van tomados de la mano de la mamá o el papá, es una foto que cuenta, narra, describe”.

“Me gusta cambiar de planos, lo hago todo el tiempo. Busco el arriba, el abajo, el costado. Me muevo todo el tiempo. Además trabajo con lentes fijos, no con zoom. Cambio los lentes constantemente y principalmente uso dos: el 20 y el 50. Miro la escena y decido. La mayoría de las veces, en un evento, arranco con el [lente de] 20 mm y cruzo el umbral del espacio físico donde se desarrolla para recrear la experiencia que tendría una persona: capto la idea general, como hace el ojo humano. Después voy a los detalles con el 50 antes de que llegue la gente. Y vuelvo al 20 cuando la gente va entrando. La lente fija es excelente porque fue concebida para esa distancia focal, entonces la calidad de imagen, su definición y la profundidad de campo que se logra es muy superior. No necesito ni me gusta usar flash, solo cuento con él en situaciones específicas donde no tengo más remedio que usarlo o porque deseo lograr un efecto puntual”.

Ante el dilema del color o la escala de grises, Virginia piensa y explica: “el color transmite mucho, aunque me gusta alternar los dos al entregar mis trabajos. La escala de grises tiene una connotación más editorial, se asocia de forma natural a la prensa, por lo que se puede decir que “es más periodística” y eso me atrae también. Generalmente edito en escala de grises las fotos que más me gustan y preferentemente en tonos crema, que le da una estética muy particular a la imagen destacando mucho los contrastes.

En el zoom de Virginia Zabaleta

Según Guillermo, esposo y “segunda” cámara del emprendimiento, Virginia se destaca por su dedicación durante las sesiones: “la entrega que brinda genera un feedback increíble con el cliente. Genera lazos de amistad, un relacionamiento a partir de su simpatía. También el tiempo dedicado a la posproducción, a cada foto, porque Virginia considera que cada imagen tiene un algo en particular, aunque parezca similar a otra”. Ella agrega: “quizás es la mirada que es distinta o un ángulo que la vuelve diferente y, al tratarse de algo tan subjetivo, no me gusta decidir por el cliente. Entrego todo, y no me cuesta hacerlo, al contrario, disfruto muchísimo de lo que hago, incluyendo la postproducción”.

Recién nacidos. Hago las sesiones a domicilio para no sacar a los bebés de su hogar y porque me gusta captar el entorno familiar. Llevo algo simple, telas negras, blancas o de colores neutros porque busco imágenes puras y naturales. También llevo distintos detalles que voy consiguiendo pues siempre estoy buscando agregados que den un toque especial a las imágenes e invito a los papás a incluir accesorios que sean emocionalmente importantes para ellos. Puede ser el primer par de escarpines, un muñeco o el nombre del bebé en letras corpóreas. La sesión de recién nacido normalmente se prepara con bastante anticipación y en conjunto con los papás, los padrinos, tíos o abuelos, que muchas veces son quienes la obsequian”.

Bodas, cumpleaños, bautismos. “Le doy mucha trascendencia a las ceremonias, y los momentos cumbre de un bautismo, un barmitzvah o un casamiento son las fotos que más exigen a nivel técnico. Si me equivoco, ¡no es posible repetir el momento! La foto que me pone más nerviosa es cuando la novia entra a la iglesia. Es “el” momento y quiero captar su esencia”.

Sesiones familiares. Parto de la comunicación con cada familia en particular y de lo que ellos tengan en mente y las sesiones las hago siempre en exteriores porque no hago fotografía de estudio. Salvo excepciones, [ya que] me ha tocado hacer sesiones familiares en alguna casa de familia, normalmente buscamos la playa, el Arboretum Lussich, algún paisaje rural, un lindo jardín o espacios públicos abiertos”.

Inmobiliaria. “Todos los rubros en los que me muevo están vinculados con la gente, salvo el de inmobiliaria que está más relacionado con el arte y la estética, porque hago fotografía inmobiliaria de apartamentos de alta gama y casas con mucho diseño. Son lugares que me inspiran donde además puedo hacer producción, que también me gusta. Llevo copas, vino, libros y armo escenas”. Aquí y en los eventos empresariales es donde entra más en juego la mirada comunicacional: analizar el destino que dará el cliente a las imágenes, cuál es su función y qué se pretende lograr con ellas, y a partir de esto orientar la mirada.

Autorretrato I: aprendizajes

Virginia hace la gestión de las redes sociales de su marca y también se encarga del mantenimiento de la página web. Procura encargarse de todo y lo hace pasionalmente, tanto que aclara: “me falta la cabeza ordenada que favorecería el emprendimiento. Tengo muchas ideas, pero no siempre tengo la disciplina de seguir una rutina que me permita concretarlas ni tampoco el tiempo para lograrlo. O al menos no lo he logrado aún, es un punto a trabajar. Muchas veces me cuesta mantener la cabeza positiva porque no siempre estoy con el mejor ánimo, especialmente en las semanas en las que hay poco trabajo. Pero sé que eso es parte de emprender”.

“Emprender significa momentos altos y momentos bajos en los que no hay más remedio que acudir al entorno familiar por una ayuda puntual o para levantar el ánimo. Son fundamentales el apoyo de la familia, de la pareja y de algún mentor (he tenido varios en mi vida profesional). Emprender es aprender y también arriesgar. Yo dejé el trabajo en una consultoría y lo pude hacer porque mi familia me apoyó. Tenía, además, la motivación de mis niñas chiquitas y con la fotografía podía quedarme más en casa”.

“Me organizo como puedo, cada día es diferente. Mi esposo, además de ser abogado es mi segunda cámara y hacemos las bodas en conjunto. En la previa de la ceremonia, yo voy con la novia y él con el novio, pero además hacemos juntos la preboda (la sesión de exteriores anterior) un tiempo antes, donde se establece un vínculo previo con la pareja. En esos días, siempre hay algún familiar que cuida a las niñas. Son horas y horas de trabajo. Podemos hacer dos eventos por día, uno al mediodía y otro en la noche (que comienza en la tarde, muchas veces). Y después paso mucho tiempo en la edición. Es una tarea que me gusta, me concentro en la noche cuando los demás ya duermen. Tomo bastante café para mitigar el sueño, disfruto de la noche y de la serenidad”.

Autorretrato II: los proyectos

Las ideas y proyectos surgen durante toda la charla, Virginia muestra, da ejemplos, busca libros en los que aprende y se inspira. “Me gustaría participar de productos fotográficos con una veta o fin periodística. Desde hace mucho pienso en un libro para mostrar estancias porque es parte de mi historia. [En particular,] me gustaría hacer un libro de las estancias en decadencia. Quizás para ayudar, de alguna manera. Sé lo difícil que es mantener un casco de estancia. Sé cuánto trabajó mi abuela primero y mi madre después para que no decaiga Rincón de Francia. Está el caso de Viraroes, que estaba en muy mal estado y un grupo inversor extranjero la recuperó y recicló por completo. Quién dice… quizás a través de un libro de fotografías se consiga atraer el interés de inversores en otras construcciones históricamente valiosas a nivel rural, se logre obtener los fondos para restaurarlas o invitar a la reflexión acerca de esta realidad que existe en tantos lugares menos conocidos del interior de nuestro país. O al menos, sacarle una foto antes de que se vuelva una ruina total”.

“La edición de libros fotográficos es un interés que tengo pendiente y ojalá pueda concretarlo de la mano de varios proyectos que tengo en mente. Algunos tienen relación con lo editorial y otros con poner la fotografía al servicio de la sociedad donde hay mucho para dar y trabajar, como el caso del proyecto fotográfico “Aunque sea por un segundo”, una iniciativa de la Fondation Mimi Ullens, de origen belga, que me llegó mucho y despertó en mí la voluntad de por qué no hacer algo similar algún día en nuestro país”.

A Guillermo y a Virginia les gustan los proyectos sociales porque ayudar a la comunidad está entre sus valores personales. Por eso, llevan adelante una iniciativa en la que ofrecen sus servicios fotográficos para organizaciones que necesiten mostrar su actividad. A cambio piden conocer el trabajo de la organización y costear los gastos de traslado si hay que movilizarse fuera de Maldonado.

El ojo de Virginia Zabaleta está atento a las demandas, mira la escena y decide, cambia de lente y se enfoca en una boda, en un recién nacido, en un bautismo, en el glamour de un apartamento lujoso o en las demandas de una organización social que necesita la ayuda de una fotógrafa sensible y cercana.

Gebana de Leiden Shoes: elegancia y comodidad

 

En la primavera de 2016, en las redes sociales vi un anuncio de zapatos que me llamó la atención por el diseño y el estilo del producto. Comencé a seguir la marca, pues quedé inmediatamente enamorada de los Gebana de Leiden Shoes. No los compré en ese momento y tampoco me compré zapatos en primavera ni en verano, quizás porque todos los demás me parecían sosos en comparación con esos zapatos tipo “balerinas sofisticadas”.

¿Qué tenían los Gebana en particular? Taco bajo (ideales para andar todo el día y trasladarme en mi bici urbana), un color muy sutil, cuero con textura, punta marcada y un diseño transversal que deja el empeine libre y cubre el arco. Los zapatos, ya puestos, tienen un interesante efecto espejo, como si fueran una mariposa.

Un lunes de marzo, en el medio de un sopor como no recordaba en mi vida, también en las redes sociales encontré un mensaje que parecía especialmente dirigido a mí: ¡quedaban las últimas Gebanas y estaban rebajadas! Sin dudarlo, me contacté con Leiden Shoes y esa misma tarde fui a buscar mis zapatos. Elegí un par de color habano  —ofrecían, además, la versión en negro— y casi salgo con ellos puestos.

Los estrené la mañana siguiente, a pesar del calor, y ese día y los sucesivos estuve admirando mis pies por la elegancia que otorgan. Son versátiles y por ello perfectos para faldas, vestidos, pantalones de todo tipo y jeans.

Los Gebana (nombre inspirado en La Habana) están confeccionados y forrados íntegramente en cuero nacional.  El taco es de madera y se llama “bizcocho” (diversas piezas pegadas una sobre la otra), la suela es antideslizante y la plantilla tiene un material similar a la goma eva para amortiguar el impacto y hacerlos más cómodos.

El zapato cuenta con dos partes: la puntera (triangular y muy “estilizante”) y el resto del pie, unidas por una costura doble. En la vira (contorno) la costura es simple y en el talón es doble. El interior de cada Gebana, forrado en suave cuero, está totalmente realizado en doble costura.

Detrás de los originales Gebana hay talento y un emprendimiento a cargo de dos mujeres que un buen día se la jugaron para vivir del diseño y de la venta de zapatos.

Leiden Shoes: zapatos con diseño pensados para mujeres multitarea

Ana Laura Pacillo (33) es licenciada en Negocios Internacionales y tiene un posgrado en Márketing y Romina Inverso (29) es técnica en Vestimenta. En 2013 se conocieron trabajando en la misma empresa en el rubro textil. Descubrieron intereses en común y un mismo espíritu emprendedor.

Romina ya diseñaba ropa y Ana Laura tenía “un montón de ideas sobre zapatos”. Esas ideas necesitaban “bajarse al diseño y hacerlas viables” y Romina parecía ser “la persona ideal”. “Nos juntamos y comenzó todo. Fuimos trabajando de a poco y Leiden, como empresa, surgió a inicios de 2016. ¡Dejamos nuestros trabajos y nos jugamos! Invertimos todos los ahorros, podíamos ganar o perder, pero sentíamos que ese era el momento. Al inicio fue como una ONG porque todo el dinero que ingresaba lo recapitalizábamos”, explica Ana Laura.

Las “chicas Leiden” se dedican a diseñar y vender zapatos, exclusivamente. Sus creaciones se caracterizan “por el diseño, la combinación de colores y la buena hechura”. Para ello, buscaron un taller propio y se asociaron con el tallerista. “Fuimos hacia atrás en la línea de producción, apostamos a quien hace el zapato. Buscamos a un excelente tallerista; Romina, con su experiencia, se encargó de ese tema y, además, ahora el trabaja en el taller. Y yo me encargo del área comercial”, comenta Ana Laura.

“Alto invierno” fue la primera colección que lanzaron el año pasado, exclusivamente con botines. “Quisimos evaluar la aceptación y tuvimos mucho éxito”, explican. De esa manera, comenzaron a crear un nombre en el mercado y para el avance del verano 2016 ofrecieron diez productos. Entre ellos, las Gebana, “que se caracterizan por la comodidad y elegancia”, según las autoras.

Los zapatos Leiden se encuentran en ferias de diseño (recientemente estuvieron en Máxima) y en el atelier de la marca. Las redes sociales, que ellas mismas gestionan, son su principal instrumento de difusión y venta (FBK, Instagram y Twitter). Sus diseños, para mujeres de 30 a 60 años, procuran brindar comodidad y estilo a “mujeres trabajadoras, con ideales, mujeres multitarea, que buscan zapatos cómodos para cualquier actividad”.

En poco tiempo, pero con muchísimas horas invertidas en el emprendimiento, Romina y Ana Laura ya cuentan con varias lecciones aprendidas. Entre tantas, destacan que “hay muchas mujeres que emprenden, pero que no tienen las herramientas para desarrollar el negocio que quieren. Hay miedos, falta de financiación y poca ayuda. Nosotras llegamos a donde estamos porque actuamos desde otro lugar, ayudamos todo el tiempo y propiciamos el compañerismo, y eso es recíproco”. Agregan que “se puede vivir del diseño y venta de zapatos” y enfatizan que “demanda un compromiso total y muchas horas de trabajo”. Su diferencial es escuchar a las clientas y para ello cuentan con las redes sociales y el atelier que “es un lugar ideal para conversar, charlar y atender personalizadamente”.

En la colección de invierno 2017 siguen los modelos de taco bajo, aunque innovaron con algunos altos y plataformas. Con sus zapatos y botines “de mujeres para mujeres” piensan afianzar el mercado montevideano y llegar al interior del país. “Creemos que hay potencial, necesitamos revendedores que sigan con nuestra línea de atención personalizada porque ese es uno de nuestros diferenciales”.

Del blog al taller. La experiencia de “La Vida la la la” para “construir la realidad en la que se quiere vivir”

Susana Castro Conti (43) es esposa, madre y docente de Comunicación Visual, y es la responsable del Taller (de crochet y otras artesanías) La Vida la la la. Susana es muy cordial, expresiva y se muestra naturalmente dispuesta a mostrar lo que hace. Su inclinación por la docencia se hace evidente en el tono de su voz y en la forma de encarar los temas. Además, en la manera generosa de contar sus vivencias como emprendedora.

Su experiencia comenzó con un blog que se transformó en un taller. El lugar físico en el que se desarrollan las instancias creativas (el taller físico) está muy cuidado porque el entorno debe favorecer el proceso de enseñanza-aprendizaje. La modalidad de taller permite intervenciones que Susana considera fundamentales para el proceso creativo, por ello “el lugar debe generar ganas de estar para predisponer al aprendizaje y fomentar la creatividad”.

El taller, amplio y con ventana a la calle, es un lugar que invita. Es un espacio en el que prevalece el color y el orden, a pesar de la gran cantidad de materiales. Hay latas y latitas, cajas de todos los tamaños y baldes pequeños que albergan lápices, pinceles, fibras. Hay muchos cajones, algunos grandes y otros chiquitos. Hay armonía y diversas texturas. Hay elementos que invitan a trabajar con las manos y artesanías que invitan a mirar o usar. Entre tanto color, prevalece el anaranjado y el rosa con algunos tonos de fucsia y violeta.

La preocupación estética del emprendimiento también se evidencia en las redes sociales. El contenido de las publicaciones de “La Vida la la la” en Faebook e Instagram es variado y, además, generan un boletín de noticias cuando tienen un taller para ofrecer. Se muestra un trabajo arduo y constante, y un afán por sostener el interés del público.

Una instancia para la creatividad personal

Susana se presenta como profesora de Comunicación Visual y también como emprendedora, aunque lo expresa con timidez y parece que debe justificarlo con una sonrisa, como si todavía no se convenciera de su iniciativa. “Mi trabajo formal como profesora de Dibujo, y de Educación Visual y Plástica es en Secundaria (pública y privada). Toda la vida me gustaron las manualidades, me gusta coser, tejer, bordar, y  me pasó algo que es habitual en la docencia: mi espacio creativo personal se fue relegando porque los tiempos no dan….

A partir de una capacitación específica en relación con las TIC (Tecnologías para la Información y la Comunicación), Susana se enganchó en un foro español de decoración de interiores, un tema vinculado a su veta creativa. “Muchos de los miembros del foro tenían blogs, descubrí ese mundo y me entusiasmé. Los blogs abren puertas que abren otras puertas, así que de la decoración de interiores llegué a blogs de artesanías. Y de España salté a Argentina. Me entusiasmé tanto que comencé a armar un blog; empecé a hacerme un espacio para mí, el tiempo creativo que estaba abandonado. Ese fue el primer sentido del blog La Vida la la la.

El nombre del blog, que canta a la vida, es una expresión comodín de su familia. “Es una frase que dice todo y nada, que tiene música y que destaca la unión de vida y del canto, de la vida y del disfrute. Es algo divagada, pero me gustó y me sigue gustando”.

Entre los miembros de un foro (personas con un fuerte interés en común) suelen generarse vínculos fraternos y Susana no fue ajena a esa realidad. En las conversaciones digitales —dice que en ciertas charlas hasta se trataban temas muy íntimos— surgió la necesidad y el empuje para pasar del blog a la acción. Hubo quienes se dedicaron a vender sus artesanías, quienes emprendieron en grupo y quienes se enfocamos a enseñar. Del blog, entonces, surgió el taller “La Vida la la la” para unir la docencia y un espacio de creatividad.

Un espacio para crear con las manos

Los primeros talleres que Susana ofreció, hace cuatro años, fueron de crochet. “El crochet es muy sencillo, yo veía, de niña, a mis abuelas hacer crochet y en particular lo aprendí con mi suegra. Ella me enseñó la técnica básica y descubrí que, a partir de lo básico, se puede hacer mucho”.

Susana agrega, insistentemente, que no es necesario de “tener mano”. En su taller para principiantes llegan personas “que no saben nada y se van con algo hecho por ellos”. “Lo más básico es el punto bajo que permite mucho más, porque el crochet se basa en combinaciones de ese punto. Es cierto que requiere algo de pensamiento geométrico y quizás algunas personas, las que tienen inteligencia espacial, se sentirán más cómodas con la técnica. Pero quienes no tengan esa habilidad, también pueden aprender”.

La propuesta de talleres de “La Vida la la la” es de aprendizaje y experiencia compartida. Susana trabaja en la creación de “un espacio para pasarla bien, para crear con las manos”. Asisten, mayormente, mujeres entre 20 y 60 años y, en general, cuando van adolescentes lo hacen en compañía de sus mamás, “para pasar un tiempo juntas”.

Del crochet para principiantes —que es el primer escalón— se puede continuar con talleres más avanzados. En 2016, se realizaron varios: uno de mandalas, otro de amigurumis y uno de granny squares (los cuadrados de abuela).  

Además del crochet, en “La Vida la la la” se ofrecen diversas instancias creativas porque Susana comparte el taller con otros artesanos. Esas instancias (sobre bordado, encuadernación, fieltro húmedo y papel reciclado) le permiten, además, participar como asistente para aprender y enriquecer su veta creativa.

Emprender es aprender

Gestionar el taller y que funcione implica mucha dedicación, significa tiempo de trabajo, además del que demandan las clases y la vida (del hogar y en general). Para que el taller sea viable hay que alimentar las redes sociales y generar boletines informativos. “Mi esposo me ayuda porque es mucho trabajo. Requiere dedicación, esfuerzo y mantenimiento. Todo fue surgiendo y tuve que aprender sobre la marcha. No solo he tenido que aprender y mejorar las técnicas que enseño, sino que debo estar al día con otras cuestiones. Por eso aprendí a manejar Facebook e Instagram, por ejemplo. Me inclino por las redes que me gustan más o las que me son más fáciles, el blog primero e Instagram ahora. Pero también tengo que hacer otras, porque Facebook, por ejemplo, tiene gran alcance y muchas repercusiones”.

El taller de Susana es parte de su casa, porque “en definitiva, es un emprendimiento familiar, mi esposo se encarga de la gestión de la base de datos para la newsletter y mis hijos me ayudan los días de taller. El emprendimiento tiene un involucramiento familiar. Así se dio porque emprender implica vivir de una forma coherente con los sueños”.

Susana agrega que emprender significa animarse a seguir a pesar de las dificultades y que el desafío es sobreponerse a los problemas y continuar. También implica estar atento a las oportunidades, generar espacios, manejar los intereses y lidiar con el manejo de los tiempos (¡todo un tema, según ella misma confiesa!). Cuando Susana pasó de los sueños a la acción, tenía mucho miedo. “Pensaba ¿qué pasa si no viene nadie? Y me decía: ¡nada! Habrá que ofrecer un nuevo taller”.

Su recomendación, como emprendedora, es que “hay que aprender a bancarse la frustración. Hay que aprender a tolerar los errores porque si realmente se quiere algo, hay que meterle para sobreponerse a `los a pesar de´”.

Taller La Vida la la la

Instagram / Facebook / Pinterest / Contacto

Qué se ofrece: “Técnicas y experiencias, un tiempo para cada uno. Un tiempo para tomar té, café y crear, para sentir la gratificación de transformar algo.

Días de taller: sábados de tarde.

Técnicas: crochet y bordado, fundamentalmente. En estos años han realizado talleres de encuadernación, fieltro húmedo y papel reciclado. Y a futuro mucho más: origami, caligrafía bordada y confección de prendas básicas.

Para: quienes gustan de las manualidades, valoran los oficios y quieren experimentar la satisfacción de crear.

“Los papeles, que siempre duermen a la espera, despiertan a través de un pliego”. La historia de Macachines – Arte en papel

De niños, en la escuela, seguramente todos hicimos algún que otro origami: el molinete, el barco o el avión. La técnica —también conocida como papiroflexia— es milenaria, de origen oriental y consiste en plegar papel para formar figuras sin cortes ni pegamentos. La base inicial es la de un cuadrado o rectángulo, y el resultado es sorprendente: desde figuras sencillas hasta modelos muy complejos.

Gabriela Retamosa (37, licenciada y posgrado en márketing y responsable de Macachines – Arte en papel) dice que el origami llegó a su vida casualmente; pero le gusta pensar que en otra vida debe de haber nacido en China porque, además de armar figuras a través de plegar el papel, hizo yoga y tai chi. Así explica su afición y, en particular, hace hincapié en lo sorprendente de la técnica, pues a partir de un simple papel se pueden lograr fantásticas figuras: una grulla, un elefante, una mariposa, una letra o una flor.

Esta es la historia de un interés que nació para llenar un posible vacío cuando Gabriela se mudó sola y se volvió un emprendimiento que cuenta con tres colaboradoras más, una línea de productos bien definida, impactos en escenarios y grandes superficies, y muchos planes a futuro. Macachines es un ejemplo de cómo un hobbie puede transformarse en un proyecto con perspectivas de crecimiento, un ejemplo de cómo aprender a resolver las más diversas cuestiones y sobreponerse a las dificultades para lograr lo que se quiere.

Frente a su mesa de trabajo, entre papeles de colores, entre vicisitudes y dificultades, proyectos y perspectivas, Gabriela relató las experiencias que dan identidad a Macachines – Arte en papel. Y, en especial, como responsable de Macachines, se atrevió a poner en palabras sus sueños. Como otros emprendedores, Gabriela se sobrepone al “me gusta/no me gusta” y hace de todo, aprende y lo intenta, y vuelve a empezar para “buscarle la vuelta, siempre”.

¿Cómo comenzó tu vínculo con el origami?
Todo surgió por mi hermano, que en un viaje a Europa trajo un libro de origami. Fue hace un montón de años, [tanto que] no recuerdo ni qué edad tenía yo. Él hizo algo de origami y yo también, pero no mucho. Y pasó la vida. A los 30 me mudé sola y me busqué un hobbie para no aburrirme. Le pedí el libro y comencé a plegar papel; hice un móvil para regalarle a mi sobrina que recién había nacido y le mostré los origamis a mis amigos. Comencé a regalarlos; la consigna era: “A vos te lo regalo, pero si querés regalárselo a alguien, te lo cobro”, [porque] esa fue la forma que encontré para promocionarme.

¿Y te empezó a entusiasmar cada vez más?
Sí, veía que todo quedaba lindo. Comencé a comprar otros libros y a seguir tutoriales en YouTube. Machachines me acompaña todo el tiempo, siempre estoy pensando qué hacer y cómo hacerlo. Un día estaba en el Puertito del Buceo, en la tienda que venden frutas y verduras exóticas, y vi un móvil hindú con el clásico elefante. Lo miré y pensé: “Yo puedo hacerlo, pero en papel”. Lo intenté; no encontré las campanitas, pero le adicioné una borla y así salió ese producto.

¿Sos autodidacta o tenés alguna formación específica?
Totalmente autodidacta y no solo en los origami, sino en el mundo de la artesanía. Resuelvo todas las cuestiones vinculadas a los “macachines”, pero nunca me formé.

Cuando vas a un bar, ¿doblás las servilletas para hacer origamis?
No exactamente, pero al principio, hacía grullas con los boletos de ómnibus y las dejaba en las ventanas para ofrecerlas de regalo. Y cuando tengo pedidos grandes, hago origamis hasta cuando voy en el ómnibus a trabajar, porque no tengo mucho tiempo. Mi trabajo full time en IBM —con emprendedores tecnológicos— me demanda muchas horas.

¿En qué momento surgió Macachines como emprendimiento de origamis?
Los móviles gustaban y la forma de hacerme conocida era a través de Facebook. Así que armé la fan page en junio de 2013 porque no tenía sentido, en aquel momento, hacer una página web. Empecé sin pagar nada, a puro pulmón y pidiendo a los amigos que me recomendaran. También tuve que aprender todo lo relacionado con Facebook: cómo publicar, a qué hora, qué promocionar, las fotos.

Nunca tuve dudas con respecto al nombre, porque siempre me llamó la atención la sonoridad de la palabra “macachines”. Si bien la palabra refiere a una flor silvestre que nace en el campo, lo elegí por la conocida canción de Los Olimareños que me recuerda mi infancia y los viajes que hacíamos en el auto [de la familia]. Es un recuerdo lleno de cariño que trato de transmitir en las piezas que hago.

¿Cuál fue tu primer encargo?
Fue en otoño de 2013 través de Mercado Libre y me pidieron un móvil con grullas y cuentas en tonos beige y lila, para el dormitorio de una nena. Me salió carísimo y hasta lo llevé a la casa [del cliente]. Perdí dinero, pero el objetivo [no era ganar, sino] validar la idea.

El primer trabajo grande fue para el Ministerio de Turismo. Me pidieron grullas enormes en tonos de otoño. Las hice con hojas de revista y fue tremendo laburo. Primero seleccioné los colores, pegué las hojas, armé y corté cuadrados y finalmente armé las grullas. Tenía pensado cómo colgarlas, pero finalmente lo tuve que resolver en el lugar. Mi prima y una amiga me ayudaron. Estuvimos hasta medianoche poniendo tanzas, hilvanando y colgando las grullas de lingas. Estuvo desde marzo a diciembre de 2015.

Y en la primavera de 2016, también a través de Mercado Libre, la agencia que hace la decoración de Montevideo Shopping me contactó para hacer gaviotas.

¿Cuáles son los productos que definen a Machachines – Arte en papel?
Móviles (con 24 y 16 origamis), colgantes simples, colgantes tipo hindú y móviles para el auto. La base es el origami y, para diferenciarme, busqué la funcionalidad en la decoración. Por eso los productos de Macachines son algo más que un origami, ya son “macachines”, son arte en papel.

Incluso ahora estamos haciendo kirigami que es arte en papel recortado. También viene de Oriente y ofrece muchas posibilidades; por ejemplo, en este momento estamos haciendo margaritas, con esa técnica, para los centros de mesa de un cumpleaños.

Macachines crece con el cliente, con los pedidos que me hacen. He tenido que ver cómo hacer las estructuras de los móviles en madera y también en alambre forrado con lana. Incluso me pidieron que un móvil tuviese el nombre y [así aprendí] a hacer el alfabeto en origami.

También he decorado escenarios que es algo que me gusta mucho. Hago los escenarios de Gus Oviedo, un compañero que es músico. E hice la ambientación de dos casamientos, uno en Chile y otro en Tarariras.

¿Investigás permanentemente?
Sí y eso me estimula muchísimo. Como te decía, los desafíos vienen de los clientes y de la búsqueda de un producto mejor. Los móviles para el auto los hacía con un elástico que se estiraba y no me gustaba cómo quedaban. Entonces busqué otras opciones y cambié el material. Hoy los hilvano con alambre y el ganchito en el que cuelgan también es más bonito y eficaz.

¿Cuáles han sido los pedidos más difíciles?
Las gaviotas para Montevideo Shopping fueron todo un tema. Estaba de viaje, en Florencia [Italia] cuando recibí el llamado. Así que en el hotel armé un prototipo con unos papeles que mi madre me había comprado en Alemania, le saqué una foto y la envié por WhatsApp al cliente (la agencia que se encarga de las decoraciones del shopping). En ese papel, de 15 x 15 cm, la gaviota funcionaba bien.

Después nos fuimos a Venecia y todo estaba lleno de gaviotas, las filmaba para ver la curvatura de las alas y cómo volaban. Solo miraba gaviotas. Llegué a Uruguay de mañana temprano y me fui a Lagomar a la casa de mis padres derecho a armar los origamis gigantes. A las 4 de la tarde tenía que entregar una muestra. Cuando hice la gaviota en grande, cortando y pegando papeles, las alas se caían, no quedaban curvas. La gaviota no volaba… tenía flacidez en los brazos, era horrible. Creí que el trabajo se pinchaba, sentía que podía “quemarme” con un trabajo así, pero lo intenté. Salí a buscar una papelería cerca y ¡justo conseguí una que se llama “Origami”, no lo podía creer! Compré cartulina, corté un cuadrado, doblé y la gaviota voló.

Hace un tiempo también me pidieron un colgante con unicornios que me dio muchísimo trabajo. Tuve que mirar varios tutoriales y finalmente lo saqué. Y, por mi trabajo, conozco a los chicos de Oincs, así que a Marcelo [Wilkorwsky] le hice un chanchito de regalo que también demandó su investigación.

Me cuelgan mucho los trabajos así, me incentivan a ir a más. Para resolverlos sigo en YouTube a especialistas, me gustan Leyla Torres y también Jo Nakashima; con él aprendí a hacer el unicornio y las letras del alfabeto.

¿Un solo taller y una sola persona para tanto trabajo?
Yo trabajo en mi casa que está invadida por Macachines. La mesa está siempre llena de papeles, cuentas, tijeras e hilos. Pero no es el único taller, ahora hay otros porque Macachines hoy cuenta con más artesanas. Si bien empecé sola en 2013, amigos y familiares se han sumado a ayudarme cuando tuve pedidos grandes, y luego llegó el momento de sumar colaboradores “oficialmente”. Primero fue Érika, una amiga, y ahora somos cuatro con la incorporación de Sara y Karin.

Cuando entró Érika, tuve que armar la estructura de precios y costos, tiempo de trabajo, fijar una lista de precios, definir cuestiones del armado y cobrar el envío que es tiempo perdido. Ese fue un momento muy importante en el proceso de crecimiento de Macachines.

¿Dónde conseguís el material para armar los productos?
Algunos aquí, pero mayormente en el exterior. Y como no soy la única que hace origami en Uruguay, busqué diferenciarme en el papel que es muy importante. Invierto mucho en la materia prima, compro por internet y mis amigos y conocidos me traen papeles —en lugar de chocolates— cuando viajan. Y si me voy yo, la prioridad son las papelerías. ¡Tener papeles es mi vicio!

¿Tenés stock o trabajás por encargo?
Solo por pedidos. Los macachines son muy personales y requieren de una creación en conjunto; quien los solicita, pide la estética, [define o sugiere] los colores y las figuras. Y vamos trabajando en contacto directo porque el gusto del cliente es muy importante. Los papeles siempre están a la espera de un cliente, por así decirlo. Duermen hasta que despiertan a través de un pliego. El feedback con el cliente es vital; incluso, al terminarlo y entregarlo, si no está satisfecho, me devuelve el producto y yo le reintegro el dinero. El objetivo no es obligarlo a quedarse con algo que no le guste, sino disfrutar y valorar el “macachín”.

¿Cuáles son las dificultades con las que te has encontrado como origamista-artesana-”macachinera”?
¡Es verdad, creo que ya soy una “macachinera”! Además de los papeles, problema que está medianamente solucionado, [es difícil] conseguir cuentas y todos los elementos que adicionan a un “macachín”. El mercado uruguayo es muy limitado en esos productos; en Argentina y Brasil cambia la cosa, pero aquí hay muy poco.

También está el tema de la regulación de la empresa y los costos fijos que eso implica. ¡Todo es muy caro! Y el tiempo, porque trabajo muchas horas y no tengo horas libres para dedicarme a Macachines. También sé que no podría vivir de esto porque físicamente es muy demandante. Para participar de una feria en el Colegio Alemán trabajé muchísimo y me contracturé; después de esa feria estuve una semana tomando medicamentos. Por todo eso, el modelo de negocios será tener otros artesanos trabajando para la marca.

¿Cómo ves el futuro de Macachines?
Macachines ha crecido significativamente. En 2016 se duplicó la cantidad de ventas y de clientes en relación con el año anterior, y eso está muy bueno. Ahora quiero crecer más, ¡mucho más! Estoy a punto de lanzar la página web para acompañar la venta a través de Facebook y de Mercado Libre.

A través de IBM, conocí a Gabriel Colla (Infocorp). A él le gustó el proyecto y, además de pedir sus regalos para fin del año pasado, me ha incentivado y hoy es mi mentor. Él me está ayudando a ver Macachines desde otro lugar y no solo como un hobbie. La idea, a través de la mentoría de Gabriel, es tener artesanos en diversas partes del mundo haciendo “macachines”. Porque no hacemos origami, sino algo más: son “macachines” funcionales para decorar.

El próximo paso es validar Macachines en otro territorio que no sea Uruguay y que esté bastante lejos. Comenzaré con una fan page en inglés y procuraré vender en Estados Unidos, fundamentalmente.

También quiero explorar escenografías, vidrieras y museos porque son desafíos muy interesantes y un mundo para crecer. Sueño con hacer una intervención en el Teatro Solís, ¡me emociono de solo pensarlo!

Natalia Cantarelli. De las botas de goma al diseño artesanal: una historia de colores y texturas

 

A fines de 2016, para mi cumpleaños, dos compañeras de trabajo que conocen mi interés por los accesorios me regalaron un collar de la artesana Natalia Cantarelli. Se trata de una pieza original que combina diversas texturas. Tanto me gustó el collar (que parece un “jardín de flores”), que me interesé en la obra de Natalia y la contacté. Un mes después nos encontramos en Santé, que está muy de moda —una carta elegante y una decoración jugada otorgan personalidad a la propuesta gastronómica—. El ámbito fue propicio para una larga charla que derivó en múltiples temas mientras Natalia, con orgullo, me enseñaba piezas de las colecciones Rosita y las Tres Marías.

Natalia luce como una orfebre, se mueve con gracia, es natural y delicada. Se define como artista textil y, fundamentalmente, diseñadora artesanal. Se formó como tal en la escuela de Peter Hamers, aunque su etapa laboral comenzó en el área agropecuaria. En la actualidad, vive de la orfebrería artesanal y realiza piezas únicas que se venden en Uruguay y en el exterior y que forman parte de colecciones que recogen la fusión estética de América Latina y Europa.

Las artesanías de Natalia tienen equilibrio cromático, balance de forma y vibración. Cada pieza es armónica, con características inusuales y mucha personalidad. Los collares y los brazales son un ensamble de texturas. Todas las piezas son muy prolijas y hay un cuidado particular en la presentación y en el empaque. Natalia se encarga de todo, hasta de teñir de forma natural las bolsitas de tela en las que entrega las piezas grandes.

Retener los colores del amanecer, de las flores y de la helada en los montes de manzanos

¿Natalia mujer luce las creaciones de Natalia artesana?
Sí, fundamentalmente las caravanas. Me encariño con lo que hago, tanto que a veces me cuesta vender [las piezas]. ¡Es que me gusta todo! Me tendría que quedar con tanto y eso es imposible, [y por eso] solo tengo un collar que uso muchísimo.

¿Cómo llegaste a ese estilo particular de artesanía?
Totalmente por azar. Comencé a trabajar en una galería de arte, con una artista, pero vengo de la formación agropecuaria. Nací en Montevideo y siempre tuve la fantasía de un internado. Cuando terminé el liceo [me debatía] entre estudiar Antropología y la Escuela Agraria. Mi hermana convenció a mi madre de que no estudiara Antropología, aunque en casa tampoco estaban de acuerdo con la Escuela Agraria, que finalmente fue la opción.

[En la Escuela Agraria de Libertad] comenzó a desarrollarse algo que después reflejé en mis colecciones. Me deslumbró la naturaleza, nunca había estado en contacto con esos amaneceres. Mi preocupación, en una época en la que no era fácil tener una cámara, era retener los colores del amanecer, de las flores y de la helada en los montes de manzanos.

Con la agricultura aprendí muchas cosas, [fundamentalmente] a valorar el tiempo de la naturaleza que me cambió y moldeó mi carácter. Siento que tenía que pasar por eso, también para encontrar la belleza en lo mínimo: en un fruto, en una flor silvestre. A veces añoro vivir rodeada de perfume, de gotas de rocío. Todo era un éxtasis, un descubrimiento que pensé que nunca iba a abandonar.

¿Cuándo llegó ese abandono?
Me abandonaron, en realidad. Trabajaba para unos suizos con un compañero de la Escuela Agraria, hacíamos agricultura no convencional y un día nos despidieron. Fue drástico. Yo tenía facilidad para encontrar trabajo, de hecho elegía en qué establecimiento trabajar, pero la racha se cortó.

Fue en 1999, me estaba comiendo los ahorros y un día una amiga fue a visitarme con una noticia: tenía un trabajo para mí como asistente en una galería de arte en la Ciudad Vieja. En aquel momento practicaba tai chi y estaba vinculada a artistas, mi grupo de amigos estaba conformado por gente del arte. La vida me iba poniendo en ese camino…

Esa oportunidad era la antítesis, [significaba] pasar de la bota de goma al taco. Una amiga me maquilló y fui a la galería. Ana Baxter estaba pintando y con ella empecé una vida diferente que, en definitiva, era la vida de mis sueños porque desde siempre había querido ir a Bellas Artes.

Con la fuerza de la formación agraria: de las ovejas y las lanas a los minitelares

¿Cómo te formaste en ese mundo tan diferente?
Estuve casi un año antes de hacer mi primera venta. Preguntaba, indagaba y estaba atrás de Ana todo el tiempo. Se me abrió un mundo. En mi casa se vivía un discurso muy fuerte [y diferente]: del arte no se puede vivir. En cambio, yo veía vender obras de más de USD 4000 y vivir del arte con dignidad.

Un día Ana me preguntó si quería aprender a dibujar o a pintar. Yo seguía con la formación agraria, con las ovejas y las lanas, y le respondí que quería hacer tapices. Me enseñó las bases e hice mi primer tapiz, comencé a explorar y [en una oportunidad] Ana me comentó que los holandeses usan cobre para dar volumen. Compramos cable en la ferretería y comenzó una nueva etapa de fascinación.

¿Y así comenzó tu recorrido personal?
Todo era muy fermental, en [la calle] Pérez Castellanos se había formado el circuito de diseño con Imaginario Sur, Tiempo Funky, Paulina Gross, Ana Livni. Yo estaba todo el día en la vuelta, pasaba a saludar, había galerías y artistas por todos lados (Cecilia Mattos, el Pollo Vázquez, MVD, Olga Bettas). Todo era propicio. Yo era una esponja, veía cuadros y los trataba de llevar al tapiz. Tenía 30 años y comencé a crear tapices en miniatura a sugerencia de Ana. Armaba los bastidores con fósforos, tenía una carterita llena de hilos con la que iba a todas partes y me pasaba haciendo minitapices. La primera venta fue a un extranjero.

Estaba fascinada y luego de un año me di cuenta de que todo mi dinero lo invertía en hilos, de que ya no salía los sábados y de que al llegar de trabajar me dedicaba exclusivamente a eso. Era algo pasional, mi trabajo era ingenuo y osado. La mayoría de las personas me decían que había algo nuevo [en mis creaciones] y que siguiera insistiendo, porque me faltaba técnica, pero había algo novedoso.

¿Seguís haciendo los minitelares? ¿Cuándo comenzó la joyería?
Ya no hago los telares, aunque fueron el inicio de la joyería porque con esas piezas armaba collares. Eran hermosos, pero lamentablemente no tengo ninguno. Comencé a trabajar con Imaginario Sur y Tiempo Funky. Consignaba mis creaciones y se empezaron a vender. Yo estaba sorprendida. Bordaba las lanas con canutillos, mostacillas, hacía florcitas bordadas y las incrustaba los minitelares. Mi estética actual no admitiría esas creaciones, pero eran muy lindas.

¿Tu estética cambió? ¿Cómo la definís actualmente?
Hago collares, pulseras, brazaletes, anillos, caravanas y prendedores, y todas mis creaciones son muy emocionales. Es tan pasional que estoy en la mesa de trabajo, ensimismada, levanto la cabeza y los ojos me guían al color que interiormente quiero usar. La naturaleza siempre está presente: en mis piezas hay flores y frutos. Procuro equilibrio, que cada artesanía transmita algo y cuando está terminada tengo que sentir algo. Busco unidad, [aunque] tuve una época disruptiva, rupturista y transgresora. Llegaba hasta el borde con colores que se peleaban. Hoy vivo un [momento] más componedor.

Me gustan la historia y la antropología y, de alguna manera, siento que hago un rescate antropológico cuando surgen líneas primitivas, en los colores y en las combinaciones. Mi bisabuela era indígena, mi abuela materna hacía alfombras y un algo de ellas hay en mí. [En mis colecciones] procuro rescatar la identidad uruguaya y siento que mi artesanía es, como el Uruguay, una fusión de Latinoamérica y Europa.

Las colecciones se definen en el proceso de taller y con el nacimiento de una pieza madre

¿Con qué materiales trabajás?
Hilos metalizados y de seda, metal, cobre, cintas de terciopelo y de raso, algo de cuero y tiento. Siempre estoy buscando nuevos materiales. En algún tiempo usé lana, pero no en este momento. La lana es más de invierno y me limitaba en las creaciones y en la venta. Paso buscando materiales. En Montevideo me conocen en todas las mercerías. Traigo del exterior también porque los viajes siempre aportan, me cambian mucho, tanto en la paleta como en los materiales que consigo.

Cuando te sentás a crear, ¿planificás o te dejás llevar?
Cada día, en [una maraña] de materiales, elijo los colores que me llaman la atención. Voy hilando hilo con alambre, voy seleccionando los colores de los hilos y formo una paleta para dar la estructura, la escultura de la pieza. No es un trabajo en serie, aunque procuro un poco de orden, hay días que me dedico a hilvanar, por ejemplo.

Busco movimiento y que el largo de los collares sea regulables. Me gusta que [los ornamentos] de un collar se puedan mover. Armo colecciones primero, dibujo, tiro ideas en el papel, aunque el trabajo se define sobre la marcha, en el proceso de taller. Luego de mucho trabajo, siempre aparece una pieza que es la madre y que define la estética de la colección. Esa pieza tiene una gran cantidad de información que la hace única y referente.

¿Qué te gusta hacer: collares, caravanas, pulseras?
No tengo una pieza favorita. Me gusta hacer todo, aunque en realidad lo que más me apasiona es hacer cosas elaboradas. Pero también me gusta Rosita, la colección más sencilla que tengo, porque es versátil, esos collares los puede usar una chica de quince o una señora mayor.

¿Se puede vivir de la artesanía en Uruguay?
Se vive de la artesanía, aunque hay que ser un poco malabarista. Hay que confiar, apelar a algo que pueda cambiar: que aparezca un buen cliente, una galería nueva, una tienda o una oportunidad. Yo trabajaba con Ana, tenía buenos ingresos, pero decidí jugarme. Me fui en 2008 y ese año, a los pocos meses de renunciar, me salió una beca inesperada. Fui a Hunan (China) a estudiar técnicas de bordado durante tres meses. Fue otro internado y la confirmación de que estaba en mi camino.

[Hace un buen tiempo] me mandaba hazañas que ahora no podría. Cuando me quedaban $ 1000 o $ 1500 era suficiente para irme a Buenos Aires a vender a Plaza Francia y traer dinero para seguir. Así estuve todos los primeros años. Yo creía en mi trabajo, en las creaciones que llevaba en mi mochila, viajaba con un tesoro en mi espalda. En cambio ahora soy más temerosa, ya no me juego tanto.

Quisiera que en Uruguay se valoraran y se vendieran mis creaciones como en Europa y Estados Unidos. Aquí vendo en la galería Acatrás del Mercado, en la tienda del Teatro Solís y cada año en la feria Ideas +. En el exterior, vendo en el barrio Latino de París —en la tienda Pays de Poche—, en la Fundación Iberé Camargo en Porto Alegre (Brasil) y en el museo de Arte Contemporáneo de Seattle, en Estados Unidos.

¿Qué te ha aportado la experiencia de las ferias?
Hace años que estoy en Ideas + y ahora formo parte de la comisión, incluso. Estuve en Francia, en París, y en México en Guadalajara y en el DF, donde me fue muy bien. Brasil y Argentina fueron mis primeras incursiones. De los viajes y de las ferias siempre se aprende mucho, nunca vuelvo de la misma manera.

Hacer feria ya no me entusiasma tanto, aunque trato de exigirme y de salir de la dicotomía me gusta/no me gusta. Me da un poco de pereza encarar una producción para una feria que es muy demandante; se trata de un mínimo de USD 5000, además del gasto del viaje, si es en el exterior. Tengo que hacer los trámites de exportación, pensar en el armado y en el empaquetado de cada pieza. Yo me encargo de todo y de la exposición también. Toda esa previa es muy cansadora, además del tiempo de trabajo. Quizás en mayo o junio vaya a México, un lugar que es muy inspirador y en el que no se corre con tanto riesgo porque es barata la estadía.

¿Cómo ves el futuro de Natalia Cantarelli artesana?
Quiero entrar más en el tema del metal. Voy a empezar una investigación con Claudia Anselmi, [ya que] quiero saber qué pasa con la fusión de textil y metal. Siempre en joyas y accesorios y desde lo artesanal, porque cada vez me gustan más la aguja y el hilo, aunque es una lucha con el tiempo y la cantidad [de piezas] que puedo producir. El cuerpo se cansa, las manos se cansan, aunque la cabeza no para…