Un regalo de Reyes para adultos: recuerdos de los primeros libros, los que marcaron la historia de cada lector

La nota sobre lecturas y recomendaciones de “gente común para gente común” tuvo una importante acogida. Los reseñados se la apropiaron, la compartieron y las repercusiones no tardaron en llegar a través de comentarios, además de la oportunidad de una nueva reseña.

Jennifer sugirió, para Reyes, una nota sobre libros infantiles y la idea me entusiasmó. En clase de inglés con Mariana terminé de definir el alcance de la reseña y salí, una vez más, a consultar al entorno. En esta oportunidad la pregunta procuró indagar acerca de los libros que habían marcado la niñez y la adolescencia, pues en las conversaciones con Jennifer y Mariana surgió la hipótesis de la permanencia de esos libros.

Con sorpresa, recibí muchísimas respuestas y en algunos casos los consultados también preguntaron a los allegados más jóvenes. Esta nueva nota, entonces, se ha enriquecido con respuestas de niños y adolescentes, y es larga porque consigna todas las opiniones por respeto a los entusiastas colaboradores.

Los libros mencionados reflejan diversas épocas, sus personajes, autores, estilos narrativos y temas demuestran la rica variedad que la literatura infantil y juvenil ha propuesto en los últimos 50 años. Este Día de Reyes es la oportunidad para obsequiar ricas memorias literarias de la niñez y en esta reseña el regalo se materializa en recuerdos de libros y personajes. A través de aventuras e historias de vidas, con personajes reales y mitológicos, con cuentos pueriles y otros no tanto, se tejen los recuerdos de historias literarias de infancia y de adolescencia de “gente común”.

Entre tantas respuestas recibidas, hay una obra que se roba la mayor atención: Mujercitas de Louise May Alcott. La obra insigne de Alcott es mencionada por mujeres de diferentes edades, ocupaciones e intereses que recuerdan esta historia en particular. Las razones son diversas y dan cuenta de las estrategias simbólicas que se desarrollan en torno a una misma historia.

Leticia —maestra de Inicial, profesora de literatura y de inglés— era una niña muy lectora y este es el libro que elige para representar ese momento de su vida. “Creo [que me marcó] por la descripción de un mundo femenino que invitaba a soñar e imaginar. Eran las aventuras de cuatro hermanas que jugaban a ser otras, sin evitar u olvidar la guerra o la mala situación económica. Eso me permitía soñar a partir de un relato sencillo que plasmaba un mundo [diferente al mío]”.

Beatriz, Renée y María Eugenia también son maestras, comparten profesión, lugar de trabajo y un mismo libro que identifica su niñez. Dice Beatriz que al leer Mujercitas “se sentía grande”. Renée cuenta que el libro “colmó la cuota de fantasía y de romanticismo que una niña de nueve o diez años necesitaba. Me pude identificar con las jovencitas protagonistas y sus desventuras”. Y María Eugenia, en especial, hace énfasis en “ese vínculo mágico de las hermanas y en Jo con su fuerza desafiante”. Además, aporta que le gustaba la colección “Los cinco [Enid Blyton] porque era pura aventura y misterio… antecedente de la novela negra y Torres de Malory [del mismo autor] con las intrigas femeninas, lecturas que compartía con mi amiga Ana Patricia, que es lo que tiene más peso en el recuerdo”.

Margarita —secretaria e incansable aprendiz— también mencionó Mujercitas junto a los cuentos de Horacio Quiroga que leía en la escuela.  Gabriela, profesora y experta en cocina sin gluten, dice que su “infancia pueblerina [en Minas] estuvo marcada por Mujercitas y otros del estilo [porque] me encantaba ese estilo romanticón e inocente”.

Anita (profesora y cocinera amateur) confiesa que le “encantaba leer Mujercitas porque vivía en un hogar muy desestructurado y la Sra. March, la madre, llevaba adelante todo con orden, amor y sabiduría”. “Yo me identificaba con ella; era el modelo de madre que yo quería ser cuando tuviera hijos”. Para Mariela (profesora y experta en té), hay varios libros y Mujercitas surge en primer lugar “por sus vivencias de dificultad política y económica (¡viví de niña toooooda la dictadura!)”; también recuerda Peter Pan [James Matthew Barrie], Buscabichos [Julio C. Da Rosa] y El Principito [Antoine de Saint-Exupéry] por su sutileza espiritual y la belleza exaltada.

En una frenética conversación de amigas a través de Whatsapp (con mensajes que parece que se interrumpieran como en la oralidad) en la que se mezclaron libros y vivencias infantiles, Gabriela —médica y aficionada a la jardinería— describió su periplo como lectora: “Me fascinaban las Selecciones [del Reader’s Digest], no era una lectura muy infantil, pero yo me devoraba [esas revistas]. Recuerdo “La risa, remedio infalible”, “Gajes del oficio”, “Así es la vida”. También Mafalda de Quino y después se incorporó Asterix [René Goscinny y Albert Urderzo]. Y mi adolescencia estuvo marcada por Mario Benedetti, [de quien] leí casi toda su obra”.

Por su parte, Cynthia —veterinaria y trotamundos— aportó su recorrido literario que da cuenta de su posterior interés por conocer el mundo. “Yo no era de las más lectoras, pero me encantaban Las Aventuras de Tom Sawyer [Mark Twain] y ya de chica leía las novelas de Agatha Christie. En la preadolescencia me marcó Mi planta de naranja lima [José Mauro de Vaconcelos], una historia muy cruel que me hizo llorar mucho”.

Para Mónica, profesora y experta en economía doméstica, el libro más significativo de su niñez también es Mi planta de naranja lima. “Fue recomendado por mi papá que vivió muchos años en Brasil. Me lo regaló en portugués y después me lo compró en español. Mi planta de naranja lima me atrapó con las historias de Zezé”.

La fuente de inspiración artística de Laura (maestra de Inicial) parece nutrirse de las historias que abuela, una excelente narradora, le contaba en la infancia. El Principito, Las aventuras de Tom Sawyer, La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson y Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas “me aportaban aventura, nobleza, valor, y profundos sentimientos a través de entrañables personajes”.

Alejandra, que desarrolla su profesión de maestra con especial sensibilidad artística, cuenta que El principito es el libro de su niñez “por los temas que trata y por el análisis desde la mirada del mundo de los niños”.

Gloria, profesora y especialista en arte, dice que de El tesoro de la juventud le gustaba un poema Rubén Darío que comienza diciendo “Margarita, está linda la mar…”. “Es la historia de una niña que, desobedeciendo al rey (su padre), sale a buscar una estrella para ponérsela de prendedor. Me la leía una tía muy dulce (…) y yo me la aprendí de memoria [cuando era] muy chiquita. Creo que resume mi vida de rebeldía y utopías”.

Vania, corredora de seguros y experta en tejido, dice que la lectura le llegó de adolescente y no fue por algo especial. “Mi padre era un lector compulsivo y yo simplemente lo imité. El libro más significativo [de esa etapa] fue Expreso de medianoche. Yo era una adolescente de 13 o 14 años, bastante ‘paloma´ y recuerdo que no paré. Mi padre decía que no era para mí y yo quedé en shock”. El libro mencionado por Vania nos zambulló en una conversación acerca de su vigencia. Luego de varias apreciaciones, concluyo —con la ligereza de ser una simple lectora— que la temática ya no es original y casi con seguridad no cause el impacto de hace unos años. En cambio, el valor y la vigencia de la obra de Billy Hayes y William Hoffer residen en haberse adelado en el tiempo.

Alicia confiesa que Blancanieves [Hermanos Grimm] fue su libro preferido durante mucho tiempo “porque me lo leía mi abuela y para nosotras era un momento de encuentro especial, además me encantaba la historia en donde la niña buena triunfaba sobre la bruja mala. Más adelante, cuando comencé a leer libros más grandes, fue El señor de los anillos quien me introdujo sin vuelta atrás a la literatura fantástica.  Si bien hace poco que se comenzó a hablar de Tolkien, esa novela maravillosa se publicó por los años 50 y pico”. Esas prolíferas lecturas narradas con tanto cariño parecen haber inspirado la profesión de Alicia que es bibliotecóloga.

Marcos, profesor, corredor y bloguero, dice que Corazón, de Edmundo de Admicis, fue el primer libro que lo hizo llorar.  Gabriela y Laura son profesoras de inglés y trabajan juntas. Se sorprendieron, pues no sabían, que el libro de Edmundo de Admicis es la historia que identifica la niñez de ambas.

Valentina —nutricionista, deportista y repostera— recuerda una colección que es una marca en su familia y que seguramente, ahora que espera a su primer hijo, procurará continuar. Los libros de Teo [Biblioteca Teo] fueron especiales “porque ya habían pasado por las manos de mis tres hermanos y leerlos marcaba una tradición familiar”.

Carolina, licenciada en comunicación y fotógrafa, escoge otra colección: Elige tu propia aventura [R. A. Montgomery y Edward Packard] porque “me encantaba elegir el final, me sentía constructora y parte de la historia”. “Mis favoritos eran La tribu perdida y Perdidos en el Amazonas. Éramos cinco amigas, tanto nos gustaban esos libros que cada una compraba uno y después los intercambiábamos”.

Liliana (psicóloga y lectora empedernida) cuenta cómo surgió su pasión por la lectura: “en verano solía pasar unos días en casa de mis abuelos y en el altillo encontré unas revistas Leoplan en las que se publicaban novelas por entrega. Tendría unos 11 años y Laura de Vera Caspary me fascinó con el encanto adicional de lo prohibido. A partir de ahí me volví fanática de la lectura en general y de la novela policial en particular”.

Adriana, que tiene una marcada profesión docente, comparte un recuerdo familiar cargado de valores cuando, junto a sus hijos pequeños, disfrutaban Buscando a Wally porque “era un desafío [para ellos] y porque lo podíamos resolver en equipo”.

Osmar, médico y deportista, cuenta que el libro de su niñez es La vuelta al mundo en 80 días de Julio Verne. “Me cautivó la idea de viajar y conocer otras culturas. Creo que, de alguna forma, me sentía identificado con el protagonista, Phileas Fogg, que se embarca en una empresa que muchos creían imposible. Cuando lo leí yo ya estaba embarcado en mi viaje con destino a recibirme de médico. Y como el protagonista, a pesar de dificultades y opiniones pesimistas, logré completarlo. Y de `yapa´ he podido conocer varias ciudades que Fogg visita en su viaje”.

 

Gladys (maestra jubilada) relata que fue una niña que aprendió a leer sola, de tanto frecuentar los libros, las revistas, los cómics y los periódicos. “El estímulo de una hermanita mayor, que silabeaba sus libros desde los 4 años, sirvió de apoyo también. Tuve, desde la primera infancia, pasión por la lectura y mis padres me regalaban un libro de cuentos cada semana, que yo me encargaba de tener entre manos durante los siete días. Primero los miraba, después les ponía palabras inventadas y finalmente los pude aprender a leer sola. Eran libros que venían acompañados de un elemento adosado a la tapa (por ejemplo, El Conejito Pedro [Beatrix Potter] traía una regadera en miniatura) comprados en la librería del London París. Adoré unos libros grandes, de tapas duras y coloridas ilustraciones, de Constancio Vigil. La Gallinita Colorada fue mi libro de cabecera durante muchísimo tiempo y le siguió La Hormiguita Viajera”.

 

Los recuerdos de Rosita (que sabe italiano, español y es una entusiasta tejedora) son muy ricos, pues dan cuenta de prácticas y valores que marcaron a muchas generaciones. La historia que compartió es una descripción antropológica que recrea mucho más que el ejercicio de la lectura. “En mi infancia no hubo muchos libros. En el bus [montevideano] vendían unos libritos muy baratos de 6 u 8 páginas con muy lindas ilustraciones y poco texto. Eso era lo que me compraba mi papá. Los dibujos eran muy delicados con pájaros tipo chinos o japoneses. También recuerdo que él compraba Unión Soviética y China Popular. ¡Qué tiempos!, con mucho blanco y negro, poca cosa a color y siempre [con protagonistas] felices y regordetas, mujeres de mejillas muy sonrosadas y ataviadas con trajes típicos muy coloridos. Las revistas rusas eran significativamente más atractivas que las chinas. De las rusas saqué una enseñanza que creo muy lógica y buena, aunque no practico: quien hace trabajo físico duro debe jugar al ajedrez para descansar, y el oficinista debe practicar ejercicios físicos. Además de explicarlo en los textos, había dibujos muy esquemáticos pero impactantes (el del ajedrez prácticamente lo estoy viendo). Y con todo eso supongo que llegué al fin de la infancia”.

Gabriela encuentra en los libros que marcaron su niñez referencias a su profesión de psicóloga: “Platero y yo [Juan Ramón Jiménez] y Rosinha, mi canoa [José Mauro de Vasconcelos] marcaron mi infancia por los vínculos afectivos que se desarrollaban en las narraciones”.

Sylvia (profesora de cocina y experta en economía doméstica) y Cecilia (psiquiatra y profesora de inglés) recuerdan las sagas de Enid Blyton: Los cinco, Los siete y Torres de Malory por las aventuras y por la descripción de vidas, vínculos y personajes que transitaban entre la realidad y la fantasía.

Jennifer —inspiradora de esta reseña, además de entusiasta deportista y madre de Lucas— dice que Pateando Lunas de Roy Berocay fue su libro favorito. “Me lo prestó una maestra en una escuela de Durazno y lo leí en tres días. Me fascinó la historia de una niña que jugaba al fútbol, algo que no era común en esa época”.

Mónica (profesora y cocinera) aporta que en su infancia leía revistas, cómics y novelas rosa. Su madre es una lectora contumaz y su padre “era un hombre con poca instrucción y mucha preocupación por la educación de sus hijos”. Recuerda que cuando era niña le regaló La cabaña del tío Tom [Harriet Beecher Stowe], un libro que actualmente considera que fue una influencia decisiva en su vida adulta. “También me regaló una enciclopedia de arte que aún conservo y que creo que guió mis intereses posteriores”.

Alejandra, maestra y triatleta, dice que de chica le regalaron muchísimos cuentos, “pero La Cigüeña Agradecida [Ana Herring] me encantaba y pedía que lo leyeran una y otra vez. Siempre le decía a mi mamá que el final era triste, yo quería que fuera diferente y ella me explicaba que cuando creciera iba a entenderlo mejor.  Soy maestra desde hace 24 años y todos los años lo narro en clase, es un cuento en el que valores como el amor y la ayuda que le brindamos a los demás tienen su recompensa. Siempre pensé que el final debería de ser otro, pero cuando crecí entendí el mensaje de esta leyenda japonesa: con pequeños gestos o acciones podemos cambiar la vida de los demás y la nuestra también”.  

Dice Eglé que de pequeña leía desde fábulas hasta historietas: “La Pequeña Lulú [Marjorie Henderson Buell] era mi heroína total, peleando contra el machista club de Tobi. Las pobres princesitas de Disney esperando al héroe-príncipe no me emocionaban para nada… [eran] muy bobitas. Y compartía con mi hermano desde El llanero solitario [Fran Striker] hasta Súperman [Jerry Siegel y Joe Shuster]”. La historia de lecturas de Eglé creció y se enriqueció con su profunda formación como docente de Español.

Mario, escribano, bibliotecólogo y poeta, menciona que “De los Apeninos a los Andes [es su libro favorito]: era un niño pasando aventuras complicadas. Eso fue lo que me atrajo”. Marco, de los Apeninos a los Andes es un relato breve de ficción de Edmundo de Admicis que forma parte de la novela Corazón. En formato libro primero y en un ciclo televisivo después, esta historia cosechó ríos de lágrimas en muchas generaciones. Algunos de nosotros comenzábamos a llorar con solo escuchar las primeras estrofas de aquella canción que decía “No te vayas mamá, no te alejes de mí, adiós mamá, pensaré mucho en ti…”. El destierro y la emigración parecen ser temas que despertaron el interés desde los griegos y que en la actualidad nutren la prensa diaria.

Fiorella que está finalizando su formación como psicóloga cuenta: “amé Misterio en el Cabo Polonio de Helen Velando, fue especial, lo leí varias veces. Me hizo soñar con ese lugar, por lo mágico y diferente que era, su historia. Porque era simple y hermoso en la descripción. Siempre quise conocer El Cabo, fui y me encantó. Además, comparto el interés del libro con Leo, mi novio”.

Para Diego (que está terminando la Secundaria y le apasionan la música, el fútbol y la lectura) en la niñez y recién entrada la adolescencia los libros de Tolkien (El Señor de los Anillos, El Hobbit y Silmarillion) fueron muy importantes por “la fantasía que retrataban. Y porque las aventuras de esas historias no eran meras aventuras truchas de cuento de niño, sino que tenían valores, una finalidad gloriosa y honorable; supongo que todo eso me atrapó”.

Nacho cursa el liceo y ama el deporte, además de la lectura. “El muro de Daniel Baldi me encantó ya que habla de un tema muy importante para mí: la unión de gente de un misma franja etárea, sin importar la clase social en la que se encuentren. [Esta historia] confirma algo en lo que creo, que el deporte une, no separa ni genera odio. El libro es sobre un niño que vive en un barrio privado y que sueña con jugar al fútbol con los vecinos que viven en una zona humilde. Los padres de este niño tienen una imagen muy negativa de los vecinos de la `zona prohibida´ y estos opinan lo mismo [en relación con] los residentes del barrio privado. El libro es fácil de leer, atrapante y marca la realidad de muchas personas”.

Martina va a la escuela y tiene una marcada inclinación musical. Imaginarius de Marcos Vázquez es el libro que más le ha gustado “porque es de aventura y fantasía y me encanta la aventura”. En el colegio, además, tuvo la oportunidad de charlar con el autor. Agustina tiene la misma edad e intereses similares y en relación con los libros cuenta: “Susana Olaondo es mi ídola y me gusta toda su colección. Mi favorito es Palabras”.

A Lucas le gusta leer y sabe tanto (a pesar de ser un niño en etapa escolar) que lo ¡han aplaudido en talleres literarios! Con naturalidad y demostrando su rica trayectoria como lector, dice que “cuando era chiquito me gustaban los libros de Susana Olaondo o Verónica Leite porque tienen muchos dibujos, ahora que soy grande me gustan los de aventura, misterio y suspenso como los que escribe Helen Velando. También me gustó mucho la serie Mondragó que son siete libros, es una historia de dragones y tres amigos. El colegio de los chicos perfectos [Federico Ivanier] también está rebueno”.

Los recuerdos de grandes y chicos ofrecen un amplio panorama de la literatura infantil. De las elecciones realizadas por los más jóvenes surge un repertorio de autores nacionales que vale la pena conocer para leer con ojos de niño, regalar o narrar. Y entre los clásicos mencionados, también hay historias para revisitar y volver a soñar.

Este desfile de recuerdos es una oportunidad para que grandes personajes vuelvan a pasar por el corazón. Las referencias literarias mencionadas, como dice Gloria, “resumen vida y rebeldía” y en palabras de Mónica, son elecciones personales o de referentes que “guían intereses posteriores”. Los recuerdos literarios no son simples anécdotas, sino que dan cuenta de enseñanzas, encanto, fascinación y desafíos planteados.

 

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12 pensamientos en “Un regalo de Reyes para adultos: recuerdos de los primeros libros, los que marcaron la historia de cada lector

  1. Que emoción Gaby recordar todos esos libros. Cuando me escribiste me vino a la mente Mi planta de naranja lima, pero ahora que leo esta reseña, recuerdo Mujercitas, por Dios que libro!!!
    Corazón!!!! La vuelta al mundo……!!! Platero y yo!!!
    Papá lee mucho y Reader’s Digest la compraba siempre. La risa remedio “infaltable”!!!! jaja, yo le decía así porque la primera vez lo leí así hasta que me di cuenta que era “infalible”.
    Que recuerdos……..
    Mil gracias como siempre por escribir estas reseñas y compartirlas.
    Y como dice Gaby Moreira, un regalo para el corazón!!!

  2. Que placer!!! Fue un recorrido por mi infancia adolescencia… A los citados los leí todos, menos dos… y calculo que es por un tema de diferencia de edad con quienes aportaron opinión! No sólo los leí todos… aún conservo a la mayoría de ellos 🙂 , los de Enid Blyton, en especial. Si puedo agregar uno que no veo aquí (puedo..?) sumaría a “Papaíto piernas largas” (Daddy Long Legs) de J. Webster. Podría ahora ponerme de pie…, ir hasta mi biblioteca, sacar algo de polvo… y ver con qué más me encuentro por allí!

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