Tejiendo identidad rural

Virginia Montoro es diseñadora industrial textil y dirige Ruralanas, una organización que vende tejidos realizados por mujeres del entorno rural. Virginia se crió en el campo; hasta los nueve años vivió en medio del verde y sorpresivamente, de un día para otro, su familia se mudó a Montevideo. El cambio generó un quiebre muy importante en una niña que, sin saber qué profesión elegiría años más tarde, con convicción ya había decidido regresar al campo.

Al finalizar la Secundaria, y con una fuerte impronta artística en la familia, Virginia comenzó a estudiar Paisajismo en el Jardín Botánico. Cuando terminó, había descubierto que el diseño era su verdadera pasión y entonces comenzó la carrera de Diseño Industrial Textil en el Centro de Diseño Industrial.

Para financiar sus estudios trabajó desde los 18 años, fundamentalmente se desempeñó en tareas relacionadas con el comercio. Fue vendedora en una joyería, armó una empresa de arreglos de jardines con una socia y vendió quesos con su novio (quien hoy es su esposo). La venta, como ella misma expresa, ha sido su punto fuerte.

Durante los años de vida en Montevideo mantuvo lazos con el medio rural y finalmente en 2001 se mudó junto a su esposo al litoral. A él le surgió una oportunidad laboral y Virginia lo acompañó, a pesar de las insistentes preguntas acerca de qué podría hacer en el medio del campo con su título de diseñadora. En su interior intuía que en el medio rural y en las pequeñas ciudades había oportunidades y con esa visión comenzó su experiencia profesionalizando locales comerciales en Young (Río Negro). Llevó adelante el emprendimiento con éxito y creatividad, hasta que tomó contacto con un proyecto que parecía estar creado justamente para ella.

Una iniciativa de diseño con anclaje rural
Ruralanas, una empresa que comercializa tejidos, fue creado por la Fundación Gastesi Marticorena en 2003 con el “objetivo de mejorar la calidad de vida de la mujer rural” y Virginia se sumó a la gerencia de la empresa en 2008.

Un año después de su incorporación, “Ruralanas aún no era rentable y la Fundación decidió no seguir con el proyecto. Me ofrecieron hacerme cargo y me otorgaron la marca por tres años, siempre y cuando siguiera con el mismo fin social”, explica Virginia. Agrega que “fueron momentos muy difíciles. Si bien los primeros meses la Fundación me apoyó con la financiación de toda la producción y la materia prima que tenían en stock, no contaba con un capital de giro que me permitiera crecer de inmediato. Pero yo estaba convencida de que era posible que funcionara como empresa y creía firmemente que lo que estaba haciendo era lo correcto. Además, si no me hacía cargo, muchas mujeres iban a quedar sin su entrada económica. Y en algunos casos era la única entrada”.

En la zozobra, su intuición en relación con el proyecto le permitió seguir adelante y en 2010 decidió abrir el primer local de Ruralanas en la explanada del Parador el Rancho —en la ruta 3, en el límite de la ciudad de Young—. La confianza que los dueños del restaurante depositaron en Virginia y en Ruralanas fue muy importante para el crecimiento de la empresa. Tener un local comercial implicaba trabajar de lunes a domingo, un sacrificio significativo y muy demandante, “pero era una buena estrategia para mostrar la marca, ya que la ruta 3 es un lugar en el que pasan muchísimas personas”.

Un año después, le ofrecieron asociarse y abrir un local en Santiago de Chile. La idea de un salto al exterior fue una tentación, y la experiencia fue muy positiva, pero debieron cerrar en 2012 con una importante pérdida. El monto de la pérdida era inabordable y después de mucha angustia Virginia se concentró en crear un producto que se pudiera producir en grandes cantidades para darlo a conocer masivamente. Así nacieron las bufandas y gorros Ruralanas que se comercializan en una pequeña caja sencilla y rústica.

Había logrado proyectar un producto fácil de producir, de comercializar y que además era una buena estrategia de promoción de la marca. Pero para solventar la deuda debían vender, al menos, 10.000 cajas y no contaban con dinero para la producción inicial. De todos modos, Virginia se la jugó y mandó a confeccionar mil unidades. Cuando estuvieron prontas, llamó a la cadena de supermercados Tienda Inglesa (Montevideo). Sabía que no era fácil entrar en ese mercado, pero insistió y pidió solo dos minutos para mostrar el producto. Los convenció, compraron las primeras 300 cajitas y Virgina salió de esa reunión llorando de tanta emoción. Era la forma de recuperarse. Esas cajas implicarían mucho más en el futuro, aunque en ese momento eran un nuevo comienzo.

Luego de esa preocupación en particular, que tanta energía le demandó, siguió a cargo de la producción, de las ventas (las minoristas y al por mayor), los pagos y cobros, del diseño, y de los proveedores. Durante mucho tiempo solo contó con una vendedora que la ayudaba en el local.

En 2014 le ofrecieron abrir un local en Punta del Este y comenzó así un proceso de venta de franquicias que hoy ofrece productos Ruralanas en varios lugares: José Ignacio (con una marca externa), Treinta y Tres, Melo, Paysandú, Montevideo, Young. Además de vender en Uruguay por mayor a diversos locales, Ruralanas comenzó a producir para otras marcas y el desarrollo ha sido tal que, en la actualidad, la empresa teje para siete firmas diferentes.

Ese mismo año la sorprendió una llamada de Ecuador. Patricia Herrera, integrante de la Gobernación de Ecuador y defensora de los pueblos indígenas, la contactó pues había visto las cajitas en Colonia del Sacramento y consideró que era una excelente idea para implementar en una comunidad indígena en la base del volcán Chimborazo (Provincia del Chimborazo). La organización, a cargo de un sacerdote francés, tiene el mismo objetivo que Ruralanas: empoderar a los trabajadores del medio rural. Las cajitas comenzaron así a dar otros frutos y hoy existe “Ruralanas Ecuador”.

En 2015 Virginia fue invitada a asesorar una fundación en Bogotá que tiene un espíritu similar y un año después preparó a 140 artesanos y seguramente “Ruralanas Colombia” se materialice próximamente.

Ruralanas nació con un fuerte sentimiento social que se ha extendido y que hoy favorece la vida de mujeres rurales y también de niños y adolescentes con capacidades diferentes. Cuando Virginia se sumó, el objetivo principal era la rentabilidad de la empresa. Hoy, luego de muchas vicisitudes, ese objetivo se ha cumplido ya que más de cien artesanos trabajan directamente para la marca que procura responder a las demandas del mercado y a los sueños de quien la dirige.

El trabajo en equipo, la alegría, el compromiso y el valor que cada taller y cada tejedora aportan son las características que dan identidad a Ruralanas. Virginia agrega que el espíritu emprendedor, tan necesario, lo adquiere de su esposo pues “él nunca baja la cabeza y siempre sigue adelante”. En su pareja encuentra el acompañamiento necesario para enfrentar las dificultades de llevar adelante una empresa de estas características.

Para Virginia, Ruralanas puede crecer mucho más. Con insistencia, se esfuerza en aseverar que “no tiene tope”. El medio rural aporta gran cantidad de excelentes artesanos con necesidad de trabajo y ella disfruta intensamente con la visita a los talleres y la preparación de los tejedores que implica un “ida y vuelta” con aprendizajes para todos los protagonistas. Para esta etapa espera inversionistas que le permitan seguir funcionando cada vez mejor y crecer, porque sueña con crear un Ruralanas en cada país de América del Sur con una misma línea de diseño y la impronta artesanal de cada lugar.

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2 pensamientos en “Tejiendo identidad rural

  1. Se necesitan muchas màs personas que, con el espìritu de Virginia, su inquietud por lo social y por ayudar a los màs desprotegidos, hagan cambiar el mundo desde su lugar de trabajo.
    Ojalà tenga mucho èxito y contagie a otros con su espìritu emprendedor.

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