Temporada de agendas

Los últimos meses del año son, entre otras cuestiones, temporada de agendas. El comienzo del verano en el hemisferio sur llega con una carga importante de reuniones, listas de compras y la planificación de las vacaciones estivales. Además, para los seguidores de las agendas, noviembre, diciembre y enero son estratégicos para la elección y puesta en funcionamiento de un elemento esencial para gestionar su vida cotidiana.

Para algunos, fin de año parece ser un tiempo de decantación en el que confluyen diversas actividades, y configura el momento propicio para preparar el terreno del siguiente año. Por eso, Sylvia (docente de gastronomía) cuenta que se toma el tiempo para elegir la agenda. Y agrega: “uno o dos meses antes de terminar el año, ya la tengo conmigo para comenzar a escribir fechas importantes, cumpleaños, etc.”.

En cambio, otros prefieren que el verano se asiente y tome su curso: las jornadas calurosas de enero, febrero y hasta marzo son adecuadas para plantear el mapa del año en la agenda. Gabriela (profesora de inglés) confiesa: “comienzo a usarla con fuerza en febrero y, si la compro a fin de año, aprovecho para anotar los cumpleaños, las fechas importantes y alguna que otra actividad ya pautada de antemano”.

En tiempos de tecnología digital, las agendas en papel se perpetúan con significativa presencia y se torna muy difícil determinar la relación y predominio de alguno de los sistemas. Para la Profa. Susana Reyno, subdirectora del Instituto Metodista Universitario Crandon ―institución referente en la formación en Secretariado―, las agendas en papel “seguirán vigentes mientras los analógicos sigan trabajando”. La docente agrega que la tecnología suplirá a los otros medios, puesto que “en las herramientas digitales se puede agendar a largo plazo”.  El ejemplo más contundente es el de los cumpleaños, que ya no deben escribirse año a año, acota.

Aunque los teléfonos inteligentes han aportado portabilidad y muchas funcionalidades, las agendas físicas no solo continúan con vida, sino que parecen energizar su presencia en ciertos ámbitos y en especial entre las mujeres, pues parece ser una costumbre más femenina. Quienes continúan con el formato tradicional de agenda en papel, esgrimen diversas razones.

Dayana (empresaria) dice que prefiere la agenda en papel porque tiene memoria visual y escribir la ayuda a recordar. La electrónica se la reserva para los cumpleaños, por ejemplo, “por la comodidad de no volver a agregar la información año a año”. Para Laura (profesora de inglés), resaltar con colores sobre el papel, usar marcadores magnéticos, autoadhesivos, tachar, corregir y agregar comentarios es un mecanismo de apropiación de su agenda, que siente como “casi un ser vivo”, agrega.  Andrea (bibliotecóloga), fiel a su profesión, elige la agenda física porque necesita “tener por escrito las actividades, los gastos ya pagados y las facturas pendientes. Es una cuestión de orden y organización”.

Las agendas también se usan como carpeta o sobre para portar documentos. En ese caso, los usuarios las eligen con cierre o elástico, para no perder el material. Gabriela (médica) dice que ya no usa la agenda clásica porque se acostumbró al celular, pero está tan unida a ella que la sigue eligiendo para llevar todo tipo de papeles. María Laura (secretaria) usa la agenda para consignar fechas cruciales: el médico de los niños, los vencimientos de las facturas, las reuniones. En algún tiempo probó una digital y asegura que no se adaptó porque su agenda “tiene que tener un lugar para llevar anotaciones y recibos”.

Hay una vínculo de apropiación física con la agenda, por el contenido y por la forma. Para algunas personas, la relación de dependencia es tal que si no la tienen sienten desprotección (Gabriela, profesora de inglés), enojo (Silvana, productora agropecuaria) o la convicción  de que algo harán mal (Mónica, docente de matemática).

Otros, en cambio, toman mayor distancia. María de los Ángeles (profesora de informática) ha incursionado en el mundo digital y dice que antes se desesperaba cuando no tenía la agenda en papel, pero desde que usa la digital “lo importante está ahí o sea que no es tan grave”. Rosita (jubilada), la sigue usando, pero siempre en su casa. “Si salgo no la llevo, miro antes lo que tengo que hacer”. ¡Una forma muy pragmática de no perderla!

El mercado nacional e internacional ofrece los más diversos diseños y las tendencias parecen maximizarse. En relación con el tamaño y el formato, Valentina (nutricionista) siempre elige la misma y es indispensable que tenga “semana a la vista”. Rita (odontóloga) la usa con los mismos fines y necesita que el horario sea amplio, de 8 a 20. En cambio Sylvia (docente de gastronomía), necesita cambiar de diseño todos los años, como si eligiera renovarse a través de la agenda.

La semana a la vista parece ganar terreno por practicidad en la planificación y porque además, las de día a día suelen ser más grandes y ocupan más lugar. Las de planificación semanal libre que no llevan fechas no son muy habituales en el mercado uruguayo y las agendas más pequeñas (A5, A6, personal o pocket) con semana a la vista parecen ser las preferidas, porque son portables y entran en cualquier cartera, bolso o mochila. El tamaño es decisorio y las vidrieras (las físicas y las digitales) que ofrecen agendas manejan muy bien las ventajas de cada una. Al respecto, Mónica (profesora de matemática) expresa: “el primer requisito es que sea liviana, porque la carga diaria ha dejado huellas en mi espalda. El segundo es que no sea pequeña ni grande, debe ser de tamaño medio y que permita ver la semana entera con espacio suficiente para escribir”.

Algunas agendas incluyen una planificación mensual, páginas para anotaciones específicas, seguimiento de tareas y esquemas para presupuestos. Los agregados (frases inspiradoras, calendario lunar, anotaciones importantes) parecen ser amplísimos y varían según la temática que oscila de las más barrocas a las más espartanas. Las hojas también varían, no solo en gramaje, sino en presentación: en blanco, con rayas, cuadriculado y con puntos, incluso. Las hay encoladas, con anillas o cuadernillos (midori) y las de recambio, en las que la cubierta es esencial.

Las recomendaciones para elegir “la mejor” agenda, la entrañable y la más práctica son disímiles porque los gustos varían significativamente. Más allá de modelos y marcas, de cuero o de tela, tapa dura o blanda, Laura (profesora de inglés) dice que lo más disfrutable es “armarla a la medida”. Valentina (nutricionista) sugiere usar autoadhesivos para cambiar de lugar las tareas que se posponen o repiten y María Laura (secretaria) recomienda que el material externo sea fácilmente limpiable, pues su agenda suele convivir con sus niños y le gusta que esté prolija. Mónica (docente de gastronomía) que ahora usa el calendario de Google y las notas digitales, dice ser consciente de que “escribir en el papel tiene su encanto”, como si anhelara el tiempo en el que se apropiaba de su agenda a través del trazo de la escritura.

Dónde comprar agendas en Uruguay

Aurora Prints & Goods
Garniè
La Papelaria
Moleskine Uruguay
Perica encuadernación artesanal

Breve diccionario

A5: mitad de un A4 / A6: mitad de un A5 / Midori: cuadernillos con cubierta, comúnmente de piel o cuero / Personal: 95 x 171 mm, muy habitual en las agendas Filofax (con anillas) y PaperBlanks  / Pocket: 81 x 120 mm, se encuentra en agendas Filofax

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Con identidad manual: kits de labores y talleres para fomentar la creatividad y reivindicar tradiciones

La experiencia Paquetín

 

En el taller de Paquetín, la casa de una de las socias, se respira aire artesanal. Las creaciones, coloridas y de diversas texturas, cuelgan de paredes, posan y descansan en sillones. Hay arte y mano. Hay estética. Hay técnica. Hay tiempo dedicado al trabajo manual.

Laura y Ana son tía y sobrina, además de las manos, el corazón y el cerebro de un emprendimiento que ofrece kits y talleres para realizar artesanías: bordar, pintar, hacer telar. Laura (56) es contadora, con experiencia en emprendedurismo y Ana (39) es diseñadora textil. Juntas han logrado un equipo sólido que se complementa armónicamente para desarrollar una línea de trabajo que se sustenta en reivindicar las labores manuales.

 

“Quería un bastidor y no había, quería más colores y no encontraba, surgían situaciones que ameritaban un producto para esa situación”

Paquetín, como otros emprendimientos, surgió de la adversidad. “Me había quebrado un hombro, explica Ana. Estuve tres meses curándome de la operación y no podía hacer nada manual, más que bordar. Y comencé a bordar como una desquiciada. Quería un bastidor y no había, quería más colores y no encontraba, surgían situaciones que ameritaban un producto para esa situación. Durante unos meses maduré la idea, finalmente armé un kit y lo publiqué en un grupo. Se vendieron 30 en la misma noche e inmediatamente llamé a mi tía”.

Ese conjunto tenía lo que Ana consideraba importante para comenzar un proyecto de bordado: un bastidor de aproximadamente 16 cm, doce hilos, un lienzo con un dibujito  y unas breves instrucciones. “Era todo lo necesario para aprender y tenía que tener un costo razonable. Además, debía terminarse con rapidez, no podía ser eterno”.

Laura agrega que ya estaban, como emprendedoras, trabajando en algo en conjunto. Era un producto con otros fines, muy diferente, “y como el kit de bordado funcionó, nos decantamos por ese producto y dejamos el otro para otro momento”, ilustra de forma pausada y didáctica.

Ante el entusiasmo de Ana, comenzaron a darle forma al kit de artesanías. Y surgió el nombre que, además de ser muy ilustrativo, tiene connotaciones familiares. “Es el sobrenombre de mi abuelo, el papá de Laura”, explica Ana. Dice que pidió permiso a la familia para usarlo. “Mi papá, explica Laura, murió joven y ella fue la única nieta que conoció. Es un nombre genial porque es un paquetito y me pareció muy oportuno para el proyecto”.

Paquetín, ya con nombre y un primer producto, comenzó a crecer. Al principio, fueron los bordados ―el ruso y el mexicano, muy de moda― y después comenzaron a desarrollar la idea de mostrar las producciones, “porque cuando terminás algo, mostrarlo es muy importante, es parte del proceso”, aclara Ana. Testearon los bordados en bolsos, portacosméticos, agendas y en almohadones, los que más salida han tenido. Las emprendedoras agregan que las agendas eran complicadísimas y las descartaron, ya que “tenemos claro que todo lo que ofrecemos debe ser viable. Queremos que entre en la cartera porque tiene que ser portable para que el bordado se pueda sacar en una sala de espera, en un ómnibus”.

Entre pruebas, comentarios y devoluciones, surgieron los talleres. “Yo pensaba que la gente podía aprender de la misma manera que aprendo yo”, confiesa Ana. “Para mí era natural que alguien entendiese un tutorial en YouTube o en una revista. Entonces me negaba a dar una clase, pero tanto nos pidieron, que finalmente abrimos mi casa”.

 

“Importa el grupo, la vivencia, el tiempo compartido, las personas llegan al taller porque quieren socializar”

En agosto de 2017 dieron el primer taller con diez personas y veinte que quedaron en lista de espera. Esa primera experiencia fue de bordado mexicano y la segunda ya fue diferente; comenzaron a variar la oferta para que los asistentes pudiesen tomar más de un taller, algo que ha sucedido con frecuencia. “Importa el grupo, la vivencia, el tiempo compartido, las personas llegan al taller porque quieren socializar”, explica Laura. El taller, entonces, cumple otras funciones y adquiere características distintas; no solo se trata de principiantes que buscan técnica y método, sino de un espacio para el intercambio en los que se cuidan todos los detalles, porque las emprendedoras ofrecen “experiencias sensoriales”. A ellas les gusta tocar las lanas, se cautivan con los colores que estimulan su creatividad, y ofrecen esa vivencia en cada paquete y en cada taller.

“Nos parece importante retomar labores perdidas. Que la gente sepa que puede pegar un botón, zurcir, bordar. Y despegarlo de la carga de género”, cuenta Ana. Para Laura, desde el paradigma de los números, es importante explicar que no se trata de costos, porque “sin lugar a dudas, gastás mucho más haciéndolo que comprándolo. La cuestión es diferente, es demostrarse que es posible hacerlo, que se puede. Es fomentar la creatividad”.

 

“Son muchas horas de trabajo y dos antenas para observar tendencias”

Paquetín surgió para costear los materiales de las emprendedoras a través de la venta de kits, pero ha crecido significativamente y hoy consume cada día de Ana, además de los talleres de los sábados que dan en conjunto. “Financieramente, comenzamos con muy poco y hemos invertido en el mismo proyecto. Se ha ido sustentando. Nuestra primera inversión fue una tijera de pico y luego un ovillador”, explica Laura entre risas, y agrega: “son muchas horas de trabajo y dos antenas para observar tendencias”. Al respecto, Ana acota que hoy el bordado mexicano es la moda, después podrá venir el crochet, la pintura sobre vidrio u otra técnica. Ellas tienen mano, aprenden y se adaptan, siempre respetando la identidad manual. 

Paquetín está en Facebook e Instagram. Venden los kits y ofrecen los talleres a través de estas dos redes sociales que les dan un gran marco de visibilidad, “que demanda mucha atención”, aclara Ana. Hay paquetes de bordado, de telar y de pintura, se pagan por transferencia, giro o contra entrega. También están en Mercado Libre y entregan al interior por DAC.

Ana y Laura aclaran que son felices con el proyecto, que disfrutan cada experiencia y que aprenden constantemente.  Se nota su entusiasmo y el orgullo por un “bebé que está en proceso de crecimiento”, como les gusta decir. Sienten a Paquetín como parte de la familia ―a la que agradecen constantemente, por otra parte―, lo cuidan y procuran su sustentabilidad para tener la posibilidad de pensar y proyectar. “¡Hasta el diplomado Paquetín no paramos!”, dice Laura y ambas ríen.

Si te gustan las labores, probá con un kit Paquetín. Si no te atrevés Laura y Ana afirman que todas las personas son capaces de hacerlo―, obsequialo para Navidad o un cumpleaños, porque es ideal para las siestas de verano, los viajes largos, las tardes de invierno. 

Mochila y bolso: una pieza de diseño, mudable y con estilo de Renata

Ochentosa, primaveral y con carácter; así es la mochila/bolso creada por Renata. Se llama Nuria y transmuta de manera simple y sin perder identidad. Es una pieza de diseño, mudable y estilosa, con la personalidad de la marca.

Nuria es una pirámide trunca que cierra con dos botones metálicos escondidos y tiene laterales ajustables para aumentar su capacidad. Está confeccionada en cuero marrón coñac y tiene un gran bolsillo externo y abierto de charol beige que aporta un toque de brillo y luminosidad. Es lo suficientemente grande como para contener una computadora portátil, billetera, cartuchera mediana, lentes y algunas pequeñas cosas más. Adentro está forrada con lienzo beige y tiene un pequeño bolsillo que es ideal para las llaves y el celular.

Las correas de la mochila están cosidas en el borde superior y se enganchan (a través de broches metálicos) a dos argollas rectangulares dispuestas en los laterales inferiores. Para mudarla a bolso, las correas se cruzan arriba y se fijan a través de los botones metálicos. El sistema es sencillo y práctico, y con elocuencia muestra diseño y creatividad.

Todas las terminaciones de la mochila/bolso están muy cuidadas (costuras, interior, broches). Es un accesorio perfecto para el día a día, para ir a trabajar y para viajar con todo lo necesario sin cargar demasiado. Para las mujeres ciclistas, como mochila es completísima por su tamaño y portabilidad; además aporta otra versión tan rápida como bajar de la bici.

 

En la sección “productos y servicios” presento descripciones de elementos que uso y que me gustan mucho, aunque quizás aparezca alguno con características de otra índole, también (si es que amerita decir por qué no vale la pena). Las reseñas están centradas en las razones por las que me siento identificada con el producto o servicio. De esta manera, procuro no caer en las descripciones clásicas e impersonales tan habituales en las reseñas de catálogos y tiendas en línea.

 

Objetos de infancia

Ahí, como siempre

“El banquito está desde que tengo memoria, y tengo recuerdos desde que era muy, muy chico. Siempre estuvo en mi dormitorio. Nos mudamos varias veces y sobrevivió. Está en la casa de mi madre, en el que era mi cuarto. Era un actor de reparto. Estaba en un rincón, por ahí. Lo usaba para jugar con algo, con otra cosa”.

El taburete de Mauricio —de madera maciza, de color marrón agrisado— y de base redonda, tiene la medida justa para un niño pequeño. Es cándido y robusto, y reclama atención: una mano de barniz, un poco de cola para una de las patas. Es una de las representaciones de la infancia; porque si tuviste un banquito, seguro lo recuerdas.

Entre las zonas más pulidas de unas patas trabajadas, anidan recuerdos de niñez, postales de juegos, risas y cantos. Entre las ásperas, también hay imágenes: las que forjan y templan para encarar lo que está por venir.

“Fue mi primer arma y el protagonista principal en una pelea con mi hermana. Ella, ocho años mayor que yo, me insistía para que bailara el vals en su fiesta de 15. Yo me negaba. Estaba muy cargosa y, hastiado, le pegué con el banquito. Lo usó de chantaje. Bailamos el vals, por supuesto.

Podría haber elegido otros objetos, pero el banquito estaba ahí, como siempre. Lo restauraré y será parte de mi nueva casa, acabo de mudarme. No sé qué lugar ocupará; estará ahí”.

La hizo papá, para mí

“Eran recuerdos olvidados, pero fue inmediato: vi la foto y regresé a la infancia… mi padre armando la estructura y el tapizado, todos sentados al lado de la salamandra y el olor a maní que tostábamos en invierno. Antes de cenar teníamos ese ritual. Siento el ruido de la cáscara al romperse, yo intentaba hacerlo con los dientes porque no podía con las manos, no me daba la fuerza. Los adultos que me decían que no lo hiciera, que me iba a romper los dientes y que las cáscaras estaban sucias. Siento la rugosidad de la piel del maní que se pegaba en mi garganta.

Es muy importante porque la hizo con sus propias manos, él es muy hábil para esas cosas. Esa sillita, muy sencilla y estable, era mía. Después lo usó Gaby, mi hermana. Ella es cuatro años menor y nos peleábamos por usarla. Yo no quería prestársela porque era mía. También la usó Andrés, que es menor; tiempo más tarde mi sobrina Camila, hija de Gabriela y mucho después Agustín, hijo de Andrés. Cuando le mostré la foto a Camila, se acordaba de la sillita y especialmente me contó que le gustaba sentarse y enterrarla en el pasto. En ese momento, ya no tenía los regatones. Yo no hacía eso, yo la cuidaba.

La cuidaba mucho porque la hizo papá, para mí. El pantasote era de los asientos de los ómnibus de la empresa en la que trabajaba. Es bien de los 70. Un tapizado grueso. Para mí era una reliquia. Aprendí a cuidar mis pertenencias con esa silla. Cuando no se usaba, estaba en nuestro dormitorio y arriba sentaba a mi muñeca de pelo rubio y dos colitas”.

Por momentos, se le quiebra la voz. Se recompone rápidamente y busca expresiones para recrear la historia de una silla que es muy simple, pero que refleja ricos recuerdos de infancia. La silla de Andrea tiene estructura de metal, respaldo y asientos color bordó, y es lo suficientemente acolchonada como para brindar comodidad a un cuerpo pequeño. Se nota un trabajo amoroso, muy prolijo y dedicado. Se nota esmero y el tiempo del  trabajo manual.

Las sillas de los niños invitan al protagonismo, a participar de una ronda, a ser parte de escenas de noche, secuencias que se repiten y que conforman infancia y familia. Los niños se hacen grandes y las sillitas van quedando, siguen siendo parte del mobiliario, incluso con más arraigo que otros elementos del hogar.

“Yo tenía 7 años. Aprendí responsabilidades con la silla. Los adultos me decían: ‘Tené cuidado con la salamandra, no te acerques porque el pantasote se puede quemar’. “No la arrastres’, me retaba mi madre.  En esa casa los pisos eran de madera, ella los lustraba a mano y yo los rayaba con la silla. Es que la sentía pesada porque, a pesar de las patas finas, el asiento y el respaldo tienen base de madera. La sentía firme, además. Nunca me caí de esa silla, pero hacía caer a Gabriela. La bamboleaba para que se cayera y me dejara ese lugar, que era mío”.

La silla, con las historias de Andrea, Gabriela, Andrés, Camila y Agustín, sigue enhiesta y con un par de retoques quedará pronta para un nuevo capítulo. “Con esa foto volvieron tantos recuerdos… le pedí a papá que la restaure. No necesita mucho, solo detalles. Irá al dormitorio de Sofía, mi hija. Mi infancia acompañará la de ella”.

Siempre a mano, siempre en uso

“Tenía 5 o 6 años cuando nos las regalaron. Había dos y las usábamos en todo momento. Una era para mí y otra para Rossana, mi hermana. Creo que fueron regalo de Navidad o de Reyes”.

Jacky explica que las sillas de su infancia son de cármica, con la misma forma y material que el juego de la cocina de su casa. En aquel momento se usaba ese tipo de mobiliario y las sillas son una réplica, pero en tamaño reducido.

Se multiplican las referencia de juegos en los que las niñas adoptaban roles de adulto y se suman a vivencias infantiles y otras postales de época. “De tarde, mi madre nos bañaba y nos vestía muy prolijos. Nos sentábamos todos arregladitos en la terraza, nosotras dos en las sillitas y Enzo en su banco. Con esas sillitas hacíamos de todo. Me veo parada arriba ayudando a mi madre a lavar los platos. Las usábamos cuando jugábamos a las maestras y a tomar el té. En una terraza armábamos una carpa de indios con frazadas y adentro de esa carpa las sillitas eran parte del mobiliario”.

Las referencias a la silla de infancia continúan y las vivencias se proyectan porque hay objetos que permanecen y acompañan. En su mayoría, se trata de objetos que se resignifican en nuevas etapas de vida.

“Desde que entró en mi vida, ha estado siempre. No recuerdo exactamente en qué parte de la casa, pero estaba ahí, siempre a mano, siempre en uso. De niña le daba tantos usos… eso la hacía especial. Y ahora también. Está en la cocina, en el living, en la terraza. Me sirve como una mesita auxiliar. De vez en cuando cuelgo alguna ropa o pongo zapatos en el asiento. Si la llevo al lado de la cama, me permite no tirar cosas al piso, aunque no es el uso habitual. Me subo a ella para llegar a algún estante y me acompañó mientras hice mi tesis. La usaba para sentarme y trabajar en la computadora en una mesa ratona.

La silla fue y es muy importante. Es un objeto particular en mi vida. Tiene mucho valor afectivo porque me ha acompañado. Además, a los niños les gusta y la usan para lo mismo que yo lo hacía. Sigue concitando el mismo interés. Es la silla que han usado mis sobrinos y también los hijos de amigos cuando me visitan. Es fuerte y como no tiene posabrazos, pueden sentarse adultos.

Es divina. Es simpática. Es tan versátil que se ha adaptado a mi vida. Es resistente y ha tenido pocos arreglos, un mínimo de mantenimiento. El banquito pereció, pero las sillitas perduraron y continuaron su vida junto a la generación siguiente”.

“Aprender y superarse”

Entrevista a Natali Santos: persona, productos, procesos y proyectos detrás de Cactus objetos

Elocuente, sincera, detallista y humilde. Así es Natali Santos, una de las diseñadoras de Cactus objetos. La entrevista, fijada hace un tiempo, debió posponerse porque Natali se fracturó la muñeca derecha. Fue un tropiezo, con fuertes implicancias en el trabajo, que le sirvió para tomar decisiones y replantearse varias cuestiones de su vida, en especial las relacionadas con el emprendimiento.

A pesar del dolor, de la escasa movilidad y del tiempo que le ha demandado la recuperación, Natali es muy positiva. “Cuando me sacaron la férula no podía mover la mano y sentí que se me caía el mundo. Después de unos días, hice toda la mímica del trabajo y me puse a hacerlo, pero no tenía fuerzas ni para abrir un frasco. Fue difícil, pero estoy en camino nuevamente”, expresa.

Dice que tuvo mucho tiempo para pensar y que sintió la falta de “la costura y del armado”. Extrañó el contacto con la producción mientras se recuperaba. Durante ese tiempo, recalculó y recapituló y hoy está en el camino de potenciar Cactus.

Con un espíritu provechoso y de innegable esfuerzo, la diseñadora relató su experiencia y los aprendizajes que ha cosechado en su vida de emprendedora. Habló de su historia, de los objetos que diseña y cose, y de los proyectos. Habló con fluidez y soltura, con amor y dedicación, con la entrega de quien deja cuerpo y espíritu en lo que hace.

“Soy artesana desde que tengo uso de razón”

“Soy Natali Santos, estudiante del Centro de Diseño y mamá de Maite (9 años) y Dante (2). Soy artesana desde que tengo uso de razón, de toda la vida. En casa no había nadie con un don así, salvo mi padre que era muy bueno para los arreglos del hogar”, se presenta. Agrega que fue un hogar en el que se la impulsó a desarrollar la creatividad a través de las manualidades, sin importar cuánto podía ensuciar.

Natali es de esas personas que crea todo el tiempo, más allá de los materiales con los que cuenta. Es un don que la acompaña desde siempre y que ahora, con orgullo, visualiza en Maite, su hija. La vida de emprendedora de Natali se inició en la adolescencia. “A los 12 años comencé a vender mis manualidades en un quiosco cerca de casa. Incursioné en todas las técnicas que pude conocer. No sé si calculaba bien los costos, creo que no, pero me fascinaba el hecho de que un adulto pagara por mi trabajo”.

A pesar de probar y dominar los más variados métodos en el rubro artesanal, aprendió a coser de grande, a los 19 años. Trabajaba en un taller y le enseñó Raquel, “una compañera, que destinó su hora libre durante un par de días. Me pagaron una deuda con una de las máquina de coser del taller y comencé a trabajar a fasón. Necesitaba el dinero y me animé”. Dice que, a prueba y error, aprendió y perfeccionó una técnica que hoy es fundamental para el emprendimiento.

Tiempo después comenzó a hacer bolsos y en 2014 nació Cactus objetos. “Conocí a Milagros Serra y entre las dos dimos vida a Cactus. Coincidíamos en la Feria Ideas +, ambas con bolsos. En aquel año, teníamos ganas de hacer algo nuevo y potenciamos el camino que habíamos recorrido en nuestros emprendimientos. A ambas nos apasionaba el estampado y decidimos que esa técnica sería nuestra diferenciación”.

Productos funcionales que transmiten trabajo y dedicación

Cactus ofrece bolsos, carteras y accesorios para mujeres. Después de un tiempo de investigación en conjunto, además de la experiencia anterior que cada una había cosechado, Natali y Milagros decidieron diseñar productos que se distinguen por el estampado a través de la serigrafía.

Son productos limpios, con un estilo bien definido, en los que las diseñadoras combinan colores lisos, estampados y mucho blanco. Utilizan algodón con apresto, ecocuero y herrajes. “Son productos funcionales que transmiten un relato: el trabajo que hay detrás. Se hace énfasis en los detalles, los que les gustan a las mujeres reales a las que se dirige Cactus”, acota Natali.

Dice que todo las inspira: la naturaleza, un paseo, el arte. “Buscamos crear objetos atemporales, aunque siempre tenemos algo nuevo para ofrecer y dar respuesta a las demandas. Ahora, por ejemplo, lanzamos una línea de mochilas”. Cactus sintetiza diversos valores: creatividad, diseño, artesanía, cuidado por el ambiente. “Reciclamos los estampados que no quedan perfectos, los usamos para el bies, por ejemplo. Siempre que podemos, damos nueva vida a una tela”.

Aprendizajes constantes

El proceso de elaboración de un bolso, cartera o accesorio comienza con un diseño ya ensayado y aprobado que se traduce en un molde con un estampado en particular, explica la diseñadora. “Cuando llega el momento de la producción, compramos el algodón, lo cortamos y achicamos. Después, se seca, se corta y se estampa”. Natali lo cuenta y explica con sus manos, dibuja en el aire el corte, muestra cómo se arma y el proceso de estampado que realizan a través de la serigrafía. Mientras sus manos se mueven para revelar el trabajo, describe con voz tenue, pero firme. Natali narra con convicción.

“En casa tengo montado un taller con máquinas fuertes que pueden coser estos bolsos”, agrega. “Pero nos quedó chico porque no nos daban las horas del día para producir, fundamentalmente en momentos en los que he compartido Cactus con la maternidad y con otro trabajo”. Entonces, desde el año pasado decidieron incorporar un taller que confecciona una parte de la producción. “Probamos muchos y finalmente encontramos uno con la calidad que nosotras buscamos. Fue muy difícil porque cuidamos las terminaciones, y por suerte estamos contentas con la elección que hicimos porque nos permite aumentar la producción. Es importante tercerizar cuando querés dar un salto”.

La materia prima, un elemento fundamental, la compran en Uruguay. Al respecto, Natali detalla las vivencias surgidas luego de buscar y seleccionar el proveedor cuidadosamente. “Un día llegamos y quien nos vendía el algodón nos avisó que no tenía más. Era noviembre, estábamos cerca de la feria de fin de año —nuestro gran momento— y nos quedamos sin material. Comenzamos a averiguar y encontramos otro proveedor. Hicimos las pruebas necesarias y funcionó. Pero puso en peligro nuestra producción. Por eso, ahora estamos pensando en buscar otro proveedor en la región, aunque desde el inicio queríamos favorecer a los proveedores nacionales”.

“Con los herrajes nos pasa lo mismo”, enfatiza la diseñadora. “Las tintas las compramos aquí, compramos los colores primarios y hacemos una carta propia que se basa en los ecocueros que hemos conseguido”. Agrega que “estas vueltas son aprendizajes constantes” porque así es la vida del emprendedor. Están los aprendizajes relacionados con los proveedores, los de las técnicas que utilizan y los de las ventas. Así, le ha tocado investigar sobre las redes sociales, cómo vender y promocionar los productos. “Siempre es aprender y superarse”, acota.

“Me gustaría tener un espacio propio en una tienda multimarca o también Sinergia Design que está muy tentador”

Llega el momento de hablar de las utilidades y de si es posible vivir de un emprendimiento así. Natali, con la misma sinceridad con la que abordó cada pregunta, responde: “Es muy difícil vivir de un producto que no es de extrema necesidad, pero si hacés las cosas bien, se puede. Y eso es lo que quiero. Después de la caída y fractura, decidí dedicarme a Cactus, no voy a volver a otro trabajo. Me encanta Cactus y es muy gratificante cuando alguien elige tu producto”. 

Se viene Instagram en Cactus, está en los planes más próximos de Natali. Sabe que cuenta con material gráfico suficiente y un gran amor por lo que hace. “Etsy también nos gustaría, pero somos conscientes de que necesitamos sostener una producción constante”. Además, agrega que les falta mucho en la comunicación de la marca,  entienden que “es súper importante, pero no hemos podido dedicarle el tiempo necesario”.

Menciona que necesitan un punto de venta más céntrico, una vidriera permanente. Dice que extraña el trabajo del local y de las ferias que desarrolló en otro tiempo. Agrega que le hace falta porque le gusta hablar con la gente, pero es consciente de que le quita tiempo al diseño y a la producción. Entonces, suspira y sueña… “Tendría que ser diferente. Me gustaría tener un espacio propio en una tienda multimarca o también Sinergia Design que está muy tentador”.

Pero aclara que, antes de dar estos pasos, deben estabilizar la producción. Y desarrollar otras líneas para desestacionalizar los bolsos que emergen en la primavera, fundamentalmente. Porque tienen que vender todo el año y como los textiles son su pasión, menciona que se “viene la línea hogar” que ya está a la venta en Facebook. Hay organizadores, individuales y senderos. Y tienen ganas de incursionar en una línea de escritorio con fundas para tabletas y computadoras. “Estamos trabajando en un modelo original que se adapte a la gran variedad de medidas y modelos del rubro”.

Además, para esta primavera-verano, Cactus innova en mochilas de mediano porte que, según Natali, son ideales “para la diaria, para viajar, para las que andan en bici, para ir a trabajar, para todo momento”. Al igual que los demás productos de la marca, las mochilas de Cactus transmiten energía y tienen encanto, porque “Cactus es un espíritu, más que una edad, son productos con personalidad, solo es cuestión de saber llevarlos”.

 

Encontrás Cactus objetos en:

Sietemilímitros Objetos
Facebook Cactus objetos
Feria Ideas + cada diciembre en el Parque Rodó (Montevideo)

Entre la estabilidad y el cambio permanente

Entrevista a Carla Liguori, Kit Creativo

“Amo Kit Creativo. Lo descubrí hace un par de años de casualidad y ¡todo lo que les encargo es perfecto! Original, práctico y súper útil. Desde el kit ‘Es Mío’ para mis nenas, sorpresitas para cumples, hasta el sello de mi empresa que lo adoro. Son unos genios”. Mariana

“He comprado varias cosas, productos para mi hijo, encargué souvenirs para fiestas infantiles y de adultos… todo es excelente, entregan en tiempo y forma, y no hay sorpresas. Lo que ves en la página, es lo que te llega”. María

¿Qué tiene Kit Creativo para producir reacciones así? ¿Por qué en las redes sociales estos comentarios? Kit tiene trazos de autor, diseño bien pensado, un envoltorio específico y, lo más importante, ofrece soluciones a medida. Kit tiene pasión y lo muestra Carla, su creadora.

En la piel

Entre un proveedor que no había cumplido con un pedido y la instalación del POS (punto de  venta con tarjetas de crédito y débito), Carla Liguori (40) dedicó 30 jugosos minutos en los que relató, con apuro y mucha pasión, su historia como emprendedora. Habló rápido, por las circunstancias, aunque parece que siempre lo hace. Habló con orgullo, el de una persona que invierte muchas horas, tiempo y energía a su trabajo. Habló con compromiso y mostró los desafíos a los que se enfrenta día a día. Habló con sinceridad.

Carla trabaja sola y en épocas de zafra —en especial antes del comienzo de clases— subcontrata a un amigo que la ayuda a cumplir con los pedidos. También, se respalda en un grupo de mujeres con emprendimientos similares que ofician, entre sí, como curadoras de productos y servicios. Testean, comentan, opinan y se ayudan con el propósito de mejorar lo que ofrecen. Hacen gestión del conocimiento desde la práctica y muestran, de esa manera, nuevas formas de trabajo y de colaboración. 

De niña, Carla miraba al “tío Víctor y sus marionetas” (Cacho Bochinche, canal 12) e hizo todas las manualidades propuestas en el programa. Al llegar el momento de elegir profesión, su mente creativa y manos laboriosas la llevaron a la Escuela de Artes y Artesanías Dr. Pedro Figari (UTU) donde estudió publicidad gráfica. Mientras cursaba el último año, consiguió una pasantía en una agencia de publicidad. Se probó en ese ámbito y en más de una oportunidad volvió a trabajar en agencias, pero lo suyo es el diseño de productos.

En el espíritu

Formó parte de un proyecto que se llamó El Piso, un espacio multimarca en la Galería Madrileña. Junto a otras emprendedoras, fueron pioneras en un rubro que hoy tiene fuerte presencia. Aquel proyecto comenzó en 2003 y duró un año y medio. Después continuó involucrada en el rubro, en Ciudad Vieja, en “aquel intento de circuito de Diseño con Imaginario Sur, Ana Livni y otros”. “Éramos varios en la cuadra, era una zona que prometía, esperábamos la peatonal que se hizo después, fue una experiencia muy rica pero no funcionó”. En aquel momento hacía productos de PVC (también conocido como vinilo) y gel; artículos utilitarios porque ese ha sido su sello, “siempre buscando nuevos productos, en la eterna búsqueda de algo nuevo”.

Tiempo después, volvió a trabajar en una agencia de publicidad, “aunque no aguanté mucho, buscaba otra cosa”. Los vínculos cosechados en ese ambiente le permitieron, más tarde, ofrecer soluciones para lanzamientos, regalos empresariales y BTL (“below the line”, una forma personalizada de contactar a miembros de un mercado específico). 

Tiene el producto metido en la piel, tanto que para su casamiento (2010) armó los más diversos detalles, pero no podía encargarse de todo y contactó a una asesora de bodas que la ayudó en la organización. Quedaron vinculadas y le siguió pidiendo pequeños obsequios para casamientos y 15 años. Así se afianzó Kit Creativo que había surgido un año antes, aproximadamente. A los regalos empresariales, incorporó detalles para bodas y cumpleaños. “Después me encontré con que la zafra de bodas es muy acotada y tuve que buscarle la vuelta para trabajar todo el año. Veía potencial en Facebook, que la gente consumía el producto terminado a través de las redes, y comencé a desarrollar productos específicos”, agrega.

“Cuando tuve a mi nene me encontré en el mercado de las madres y busqué proveer soluciones. Encontré el sello textil, investigué y me di cuenta de que no había en Uruguay, tampoco en Argentina ni en Brasil. Me contacté con el importador, me trajo unas muestras y las vendí en una hora. Me jugué con una importación más grande. Era mi producto estrella hasta que el importador no me dio la exclusividad y, en menos de un año, surgieron otros. Se me cayó el modelo de negocios que había armado y me obligó a buscar otras salidas nuevamente”.

Con el cuerpo

Carla menciona que su historia es la de correr contra la copia y la imitación luego de haber pensado, probado y desarrollado un producto. Agrega que  le ha sucedido en varias oportunidades, sabe que esa es la dinámica y está preparada mentalmente para sobrellevar esos obstáculos. Aunque comenta que, muchas veces, es agotador. Por otra parte, convive con emprendimiento volátiles que no tienen las cargas impositivas de impuestos y obligaciones fiscales. “Es súper desleal porque no hay una regulación al respecto”. “El desafío constante es correr, la energía de la investigación, del desarrollo y de mantener los contactos, y luchar contra el que vende más barato porque no paga impuestos”.

Procura estar al día con los cambios de Facebook e Instagram, estudia si Etsy es viable y analiza todas las herramientas que necesita para sobrevivir en el mercado. Ha incorporado talleres también, lo hace con socios y siempre con temáticas afines a su marca. Mientras narra y detalla, acelera el ritmo de la conversación, como si corriera. Se agita, incluso. Parece como si se cansara y, con honestidad, aclara que muchas veces la invade el hastío. Pero sigue, porque en su esencia está crear, mostrar y resistir en un mercado chico que se satura rápidamente.

Kit está en la web y en las redes sociales y también en ferias específicas que Carla usa para mostrar sus productos porque “hay gente que no usa Facebook o Instagram y otros que solo compran cuando ven”. Entonces, “las ferias me ayudan a llegar a otro público y que me conozcan más”, agrega. Además, está implementando un sala de exhibición en su taller. Vive permanentemente entre la búsqueda de la estabilidad y los desafíos que el mercado le impone y también aquellos que pugnan por salir de su interior. “Porque no puedo estar siempre en lo mismo, necesito el cambio”, afirma con contundencia y una sonrisa.

Carla sintetiza los valores del nuevo emprendedurismo que se ha desarrollado, entre otros, a partir del auge digital. Con el impulso de las redes sociales, estos artesanos ofrecen ―en su entorno y al mundo― productos y servicios de alta calidad. En ella, al igual que en otros tantos que han florecido en nuestro país, se visualiza un fuerte espíritu creativo, el trabajo constante, cierto arrojo y un énfasis permanente en el aprendizaje. Son valores en los que vale la pena reparar, imitar y apoyar.

 

El paso a paso del Manual de Cocina de Crandon. 60 años de historia gastronómica

“Para mí es un referente fiel. Sus recetas no fallan, son exactas”. Daniela R.

“El libro de Crandon no es solo un libro de cocina, es parte de la vida de los uruguayos”. Beatriz P.

“Tengo uno viejito, no puedo decir de qué año porque con el uso la tapa y las primeras hojas se cayeron. Era de mis papás, los dos lo usaban mucho. Yo tengo 54 años y lo sigo mucho”. Mariela F.

​”La Biblia de la cocina”. Caro L.

¡La edición del sexagésimo aniversario del Manual de Cocina del Instituto Crandon está a la venta! Y en las redes sociales ya se leen comentarios que nos llenan de orgullo y que dan cuenta de su trascendencia.

Después de tantos meses de trabajo, de la espera de impresión y entrega, de definir y preparar su lanzamiento, el nuevo libro azul, de hojas brillantes y apetitosas fotos se exhibe en las librerías. La portada, en homenaje a la primera, impacta porque marca significativas diferencias entre los libros de su estilo: no tiene foto, se viste de entelado azul institucional y muestra con orgullo su nombre en letras blancas y doradas con un toque vintage. Solo eso y nada más; el Manual de Cocina puede hacerlo porque tiene, en nuestro país, suficiente trayectoria y arraigo.

Me detengo en las vidrieras a mirarlo, entro a las librerías para que me regale una guiñada y me gusta cuando alguien lo pide y lo elogia. Sé que a los libreros les apetece tenerlo, lo muestran en góndolas y escaparates especiales, y lo ofrecen con la garantía de un producto que se vende fácilmente. Trabajé en la edición de 2013 en la que lo descubrí y en esta, la del aniversario, ha revelado su fuerza y me ha mostrado sus intimidades sin tapujos. El Manual es un libro que aporta mucho más que recetas. En sus páginas se reflejan la gastronomía del Uruguay, la historia de la Institución, el espíritu de sus creadoras -un grupo de mujeres de inestimable valor- y el trabajo de los diversos equipos que lo han sostenido.

El libro se publicó en 1957 por primera vez, aunque su origen se ancla e impulsa desde el acta fundacional de Crandon (1859) y, en especial, en los años 30 cuando las misioneras norteamericanas, a cargo del Instituto Crandon, comenzaron un sostenido trabajo de economía doméstica en la comunidad. En los escasos relatos que se cuentan sobre los años de preparación del libro, se traduce un espíritu pragmático, de bajo perfil y de gran trabajo en equipo. El proyecto fue enorme, pero nació humilde. Nadie se imaginó, ni en sueños, que un texto para enseñar a cocinar pudiera llegar a ser el libro más vendido del Uruguay.

 

Historias que leudan

Con el propósito de ahondar en la historia del Manual, comenzó otra historia con un primer objetivo muy simple: escribir un artículo para la revista institucional. Pero el Manual me tentó; a la luz de una obra tan sorprendente, el propósito fue creciendo y adquirió vida propia al descubrir vacíos y evidenciar la necesidad de “dar la voz” a quienes trabajaron en el Manual. El artículo para la revista se transformó en una creciente carpeta con entrevistas, análisis de documentos, apuntes y líneas a seguir; se transformó en la espera y en la sorpresa de un nuevo dato, en la satisfacción ante la intuición periodística que arroja resultados.

Como en un proceso de leudado en el que la masa se transforma, emergieron personas y vivencias. Si bien el libro es de autoría institucional, su trayectoria y vigencia ameritan identificar a sus creadoras. En la idea primigenia, está Miss Lena May Hoerner. Y en la realización participaron Miss Dorothy Nelson y Miss Nelly Marabotto. Son la “tríada” que da vida a un relato que, desde hace 60 años, habita en los hogares uruguayos. Ellas me han cautivado; una a una fueron llegando a través de documentos, fotografías y entrevistas a terceros porque ya no están vivas. Delineando los perfiles, me mostraron sus aportes al Manual, me enseñaron los porqués y me indujeron a armar un sistema de hipótesis ante los vacíos documentales.

Miss Hoerner llegó a Uruguay en 1937, era graduada en Química y en Economía Doméstica, había vivido en África y tenía experiencia en extensión. Vino a Uruguay con el propósito evangélico de servir y para ello se propuso establecer contactos con organismos nacionales para enseñar a la población a cocinar con valor nutricional, además tenía como objetivo formar maestras uruguayas. Y con una fuerza increíble, logró sus propósitos desde la dirección del Departamento de Economía Doméstica. Era muy bajita y se imponía a través de su voz. Ella soñó con el Manual luego de preparar un recetario sobre maíz que ANCAP solicitó en 1946. Logró que la idea de un manual institucional para uso en los hogares uruguayos, apoyo a las clases regulares y de adultos prendiese en el espíritu de las otras dos integrantes de “la tríada” que fueron quienes lo llevaron a la realidad.

Miss Nelson arribó diez años después, en 1947. Tenía formación en Economía Doméstica y había trabajado en una fábrica de alimentos. Se formó en la experiencia docente de la mano de Miss Hoerner, a quien conoció en Crandon. Hicieron una excelente dupla con una amistad que se prolongó mucho tiempo después. “Era muy gringa”, según comentan, por momentos parecía incomprensible, como de otro mundo. También era muy exigente, pero muy dulce. Sabía muchísimo de nutrición, era pragmática, muy científica y decidida. Cuando Miss Hoerner se retiró de la dirección del Departamento, ella asumió su lugar. Su interés por la educación para el hogar era tal, que tiempo más tarde, mientras acompañaba a su esposo en misión pastoral en Río Gallegos (Argentina), armó un recetario para las mujeres de la zona.

Miss Marabotto nació en Canelones y fue pupila en Crandon. Fue una de las primeras uruguayas en formarse como profesora en Economía Doméstica en la Institución. Además, viajó a Estados Unidos para completar su formación. Era la intérprete de Miss Hoerner, quien no sabía español, y fue la primera criolla en ser Directora del Departamento de Economía Doméstica. Era una mujer adelantada, pasional e imponente, y fue una figura muy importante en los inicios de la TV uruguaya. Se hizo famosa por su forma práctica en la cocina, se desenvolvía en los medios con soltura y solidez, y con su personalidad arrolladora divulgó la forma Crandon de cocinar y popularizó al Manual.

Muy cercano a “la tríada”, está el primer molde de aro: aquellas mujeres formadas en el Departamento de Economía Doméstica con el sello que el Instituto Crandon sostenía a través de las clases para niños y adolescentes, cursos para adultos, alianzas con instituciones públicas y privadas, presencia en radio, prensa y después en la TV.  Luego, hay un segundo aro más reciente conformado por directoras, profesoras, secretarias y asistentes de despensa. Son decenas de mujeres (recién en los últimos años hay presencia masculina) que vuelven a cobijarse bajo una forma de trabajo colectivo de autoría institucional que da cuenta de una ética sin personalismos.

 

Los ingredientes de una receta infalible

A través del análisis documental, las entrevistas a las integrantes de “los aros” y a diversos especialistas en temáticas afines han aflorado las razones del impacto del libro en su momento y de la vigencia a lo largo de más de medio siglo. El Manual introdujo cambios significativos en un corpus en el que se incluyó, información nutricional, planeamiento de menús y el tendido de la mesa, además del conjunto significativo de recetas extranjeras y nacionales. Fue recibido con interés y su adhesión ha sido tan relevante que es el libro que “pauta la gastronomía nacional”, según el Dr. Gustavo Laborde, antropólogo y especialista en el tema.

Es difícil jerarquizar los aportes del libro porque son diversos aspectos que conforman un sistema robusto de un texto que es férreo, sin fisuras. Está armado con método y consistencia, tiene inspiración anglosajona y adaptación criolla. La herencia de cocinar en el laboratorio de economía doméstica ha sido la impronta de Crandon y en el libro se traduce a través de su plan general y de un formato de receta específico, en el detalle exacto de las medidas y en la gestualidad del paso a paso.

Hasta el momento de su edición, los recetarios que se usaban en el Uruguay (algunos propios y un foráneo muy conocido: el de Doña Petrona C. de Gandulfo) presentaban las recetas con un discurso narrativo con detalles descriptivos, algunos con mayor precisión que otros. Hay textos escuetos y otros muy floridos, casi poéticos. En esas recetas, los ingredientes se mencionaban sin exactitud porque estaban destinados a mujeres que sabían cocinar. Pero el Manual cambió de destinatario y fue pensado, desde su origen, para la mujer que no sabía hacerlo y que debía proveer la alimentación de la familia. Bajo esa impronta, el formato Crandon de receta es una herramienta didáctica, la que se usaba en la clase; es un esquema que presenta las etapas a seguir a través del verbo y con el detalle inequívoco de los ingredientes.

La consigna de la receta Crandon es leerla primero en su totalidad, cotejar los ingredientes y comenzar la tarea siguiendo fielmente el paso a paso. De esa manera, respetando en orden de cada acción (que da cuenta del proceso químico que se produce mientras se cocina) y con el uso exacto de los ingredientes, el resultado está garantizado. Por eso, las “recetas Crandon no fallan”, “si se sigue al pie de la letra lo que dice, todo sale”. El formato de receta del Manual tiene las características de un discurso prescriptivo que narra a través de un verbo sin conjugar y con escuetas descripciones, las estrictamente necesarias. Es un esquema científico que disecciona un proceso químico en diversas partes y es tan original que hasta el momento no se conoce otro igual. Fue obra de Dorothy y Nelly, quienes, además de ser colegas y armar el libro, fueron muy amigas.

El carácter científico y metódico de ese formato de receta requiere el detalle exacto de los ingredientes. Ya no se trata de un “dedal”, de un “puñado” o de un “poco”, no se trata del ojo de una cocinera con intuición, sino de cucharadas, cucharaditas y tazas porque el libro introdujo el sistema imperial de medidas. Este, de uso anglosajón, aportó rigurosidad y simpleza.

Por otra parte, la gestualidad de la cocina, además del paso a paso mencionado en la receta, se observa en el uso de las fotografías. Es herencia de los libros de cabecera que habían traído las misioneras y que recrearon al estilo uruguayo en los laboratorios de economía doméstica de Crandon. El libro de 1957 tenía 250 fotos en escala de grises para mostrar, de la forma más didáctica que existía hasta el momento, las acciones más significativas de algunas de las preparaciones.


Recetas para el hogar

“El libro no es una colección de recetas, sino que enseña métodos y técnicas para preparar alimentos en el hogar”, explican las docentes del segundo aro. Es un texto sencillo con un sujeto de enunciación muy claro: el ama de casa, una mujer que preparaba los alimentos y administraba la cocina para aprovechar mejor los recursos. Así se concebía la economía doméstica y así se presentaban las preparaciones que recogían diversas vertientes: las anglosajonas que se enseñaban en Crandon con bibliografía en inglés, las francesas (que impregnan las cocinas del mundo), las uruguayas y algunas de América que las misioneras habían traído de sus viajes.

El libro de 1957 era mayormente foráneo, pero todas las recetas podían prepararse en Uruguay con los ingredientes de uso en aquel entonces. Esa fue la consigna y para ello, Miss Nelson y Miss Marabotto seleccionaron con cuidado las recetas, las probaron todas, hasta tres veces, y las reescribieron con el formato propio.

El repertorio criollo, aunque en minoría, también estaba presente en un gran trabajo en conjunto, porque el espíritu de alcance social que llevaban adelante como respaldo ético implicaba valorizar lo local. Las profesoras uruguayas sabían qué se comía en el país y aportaron las milanesas, los ñoquis, la pascualina, la pasta frola, el arroz con leche y los pasteles criollos, entre otros. Faltaron muy pocas preparaciones del fondo criollo; en especial, faltaron las tortas fritas que se agregaron tiempo más tarde.

La adecuación ha sido otra de sus destacadas características. El libro fue pertinente y oportuno en su momento y se ha transformado, sin perder su esencia, en una historia que amalgama tradiciones gastronómicas. Los diversos equipos, siempre liderados por mujeres, han adaptado el Manual a las necesidades de cada momento. Ya no hay ama de casa porque en la actualidad cocinan hombres y mujeres; ya no ciertas recetas porque no se encuentran determinados ingredientes (el ganso y los sesos, por ejemplo); ya no figura la matanza y la limpieza de las aves porque se han dejado de realizar en el hogar. Así, se han agregado, enriquecido y modernizado capítulos: congelados en los años 60, carnes en los 80, microondas en 90, bocados y sándwiches en la edición de 2013 y sin azúcar en la del aniversario. Y se han agregado recetas, “las que debían estar”.

El Manual nació como un texto básico y con el paso del tiempo ha adquirido características de un libro objeto. Hoy, no solo enseña a cocinar, sino que invita y deleita a través de las fotos; se muestra en la cocina, en bibliotecas y también en el living. Pero sigue siendo un manual para preparar alimentos para el hogar, para el día a día. Es una cocina sencilla, para alimentar a la familia con algunos detalles gourmet para sorprender. Ese espíritu, siempre presente a lo largo de estos 60 años, es la base de un libro que impregna, en sus hojas, las historias gastronómicas de cada familia.